La Destrucción de los Judíos Europeos I, de Raul Hilberg


La Destrucción de los Judíos Europeos

La Destrucción de los Judíos Europeos*

Raul Hilberg


Por Daniel Rafecas**

Son muchas las expectativas que el lector puede depositar en una obra como la que aquí comentamos.

En un número anterior de esta misma revista, subrayaba la rara homogeneidad puesta de manifiesto por parte de los principales pensadores del Holocausto al señalar a este autor –Raul Hilberg- y a esta obra –The Destruction of the European Jews- como ineludibles en toda investigación sobre el tema.

Ello también viene sugerido por la conocida circunstancia de que Hilberg, tras haber sido él mismo un niño judío europeo perseguido, y luego soldado aliado del frente occidental, se convertiría en la temprana posguerra -con apenas 22 años y una incipiente carrera en ciencia políticas-, en el más dedicado e implacable escrutador de los archivos norteamericanos y europeos referentes a la Shoá.

Fue en ese entonces, que dedicó trece años continuos de investigación y escritura para finalmente concebir, en 1961, los tres tomos de aquella primera edición de 800 páginas -a doble columna- de The Destruction….

Si a estas circunstancias, le sumamos que Hilberg no ha abandonado la cuestión hasta nuestros días, desde su vitalicia cátedra en la Vermont University, Estados Unidos, y que en 2002 ha entregado una nueva edición revisada en la que buceó hasta en los archivos del este europeo recientemente abiertos, queda claro que nos encontramos frente a un hombre y a una obra dignos de conocer más de cerca.

Pues bien, casi medio siglo después, la publicación en castellano de dicha obra viene a ocupar un vacío fenomenal no sólo para el investigador (que se las arreglaba hasta ahora con las anteriores ediciones, ya sea en inglés, alemán, francés o italiano), sino especialmente para estudiantes, docentes, y público en general.

Ya en el prólogo a la primera edición, Hilberg nos anticipa qué vamos a encontrar en esta obra y qué no.

Y es que The Destruction… no es un Aleph: es un libro que trata acerca de aquellos que destruyeron a los judíos, es decir, que se ocupa de los perpetradores, y de la gigantesca maquinaria estatal (pero también privada) puesta al servicio del exterminio físico de hombres, mujeres y niños inermes por parte de la Alemania nazi.

Está claro que lo que obsesiona a Hilberg es cómo pudo realizarse semejante empresa, cuando las barreras morales y fácticas parecían imposibles de superar.

Ésa es la historia que se cuenta en este libro.

El libro va creciendo en intensidad. Comienza, naturalmente, con algunas breves referencias (Cap. I “Precedentes”) al antisemitismo en Europa, enquistado desde el mismísimo Siglo IV d.C., esto es, allí cuando se asentó el cristianismo.

Ya en estas primeras páginas, Hilberg dispara un pensamiento que ya es patrimonio del saber universal: “…han habido tres políticas antijudías: la conversión, la expulsión y la aniquilación. La segunda apareció como alternativa a la primera, y la tercera surgió como alternativa a la segunda”; ello relacionado con que en un primer momento se les dijo a los judíos “no tienen derecho a vivir en Europa siendo judíos” (conversión); para luego abreviar a “no tienen derecho a vivir en Europa” (expulsión) y finalmente “no tienen derecho a vivir” (aniquilación).

A continuación (Cap. II “Antecedentes”), Hilberg es convincente al sostener que Hitler, al asumir el poder en 1933, tenía por delante un camino mucho más allanado de lo que se suele pensar, respecto de la opresión del pueblo judío: para ese entonces, ya estaban latentes los sentimientos antijudíos, así como también los mitos, los discursos “científicos” racistas y criminológicos, el impuesto a la emigración judía (¡de 1931!), el proceso de industrialización, y especialmente, la poderosa burocracia estatal, desapasionada, omnipresente y –como se vio en la década siguiente- terroríficamente eficiente.

De este modo, ya en abril de 1933 se publica el primer decreto antijudío (que establecía que los funcionarios “no arios” debían dimitir), coincidente con la primera oleada de propaganda, boicot y violencia del partido.

Sin embargo -nos relata Hilberg-, los nazis se dieron cuenta que a través de la agitación y los pogromos no iban a llegar muy lejos, de modo tal que, a fines de los años ’30, cambiaron de estrategia: poco antes de entrar en la conflagración mundial, el hitlerismo se convenció de que se debían tomar medidas sistemáticas contra los judíos. “A partir de ese momento…” –dice Hilberg- “…la cuestión judía se trataría de modo jurídico”, esto es, de forma ordenada y planificada centralmente.

Aquí comienza para Hilberg, realmente, su objeto de estudio.

En efecto, transpuesta la Kristallnacht (el 10 de noviembre de 1938) y su repercusión negativa, tanto en Alemania como en el extranjero, su coste económico, etc., los nazis viraron el rumbo de su empresa criminal y la pusieron en manos del artefacto moderno que hizo posible la evaporación de seis millones de almas en un breve lapso: la burocracia.

En palabras del propio autor, fue en este momento que “…la burocracia había asumido el poder. Fue el proceso burocrático de destrucción el que, paso a paso, condujo finalmente a la aniquilación”.

Acto seguido, Hilberg se adentra en esa maquinaria compleja puesta al servicio del nazismo (Cap. III “La estructura de la destrucción”) no sin antes dejar aclarado que el proceso de destrucción se asentó sobre dos políticas: la emigración (1933-1940) y la aniquilación (1941-1945).

Señala también, que en el devenir de los acontecimientos, el régimen nazi fue degradando la calidad de su producción legislativa a medida que se pronunciaba el carácter genocida de sus políticas, con un comienzo sembrado de leyes y decretos, pasando luego a directivas escritas pero no publicadas, y terminar en directivas y autorizaciones simplemente orales.

Es en este apartado donde el autor toma partido para describir los enormes aparatos de poder puestos al servicio de Hitler, que condensa en cuatro: el gobierno (que desde sus Ministerios redactó leyes antijudías, etc.); las fuerzas armadas (con su rol activo en los fusilamientos y en la deportación al este); la industria (que expropió empresas judías, explotó mano de obra esclava y hasta proveyó el zyklon-b) y el partido (cuyo brazo militar eran las SS, proveedores principales del discurso y la praxis del exterminio).

Según el scholar de Vermont, todos ellos estaban de acuerdo en la empresa criminal; e interactuaron de modo tal que se fundieron en una única maquinaria de destrucción. Hay cuadros esclarecedores respecto de las máximas jerarquías.

Seguidamente (cap. IV “La definición por decreto”), Hilberg comienza a desandar el camino recorrido por la burocracia nazi tendiente a lograr el objetivo final.

Este camino está jalonado de pasos sucesivos, a esta altura, célebres: definición – expropiación – concentración – deportación –aniquilación – confiscación.

En este primer paso, el de la definición de quiénes iban a ser considerados judíos y quiénes no, hay una exploración sin concesiones de la usina ideológica desde donde se emitieron las leyes y los decretos determinantes para la suerte de los perseguidos, el Ministerio del Interior del Reich, y se detiene especialmente en un burócrata de carrera, experto en asuntos judíos, autor o coautor de nada menos que 27 normas antijudías (entre ellas las leyes de Nüremberg de 1935): el Dr. Bernhard Lösener.

No será ésta una cuestión menor, puesto que el basamento normativo creado por éste y otros burócratas ministeriales durante los ´30, se mantendrán vigentes, casi sin variantes, hasta el final de la guerra, condenando a millones y, asombrosamente, excluyendo a algunos pocos miles (cierta clase de mischlinge y de judíos en matrimonios mixtos).

En el apartado siguiente (Cap. V “La expropiación”), Hilberg va a abocarse a un proceso que tuvo lugar durante los siguientes años, durante los cuales la maquinaria de destrucción apuntó a los bienes judíos. “Se les privó de sus profesiones, sus empresas, sus reservas financieras, sus salarios, su derecho a alimentos y refugio y, finalmente, de sus últimas pertenencias personales…”, proceso que define como expropiación.

Allí explica cómo, a partir de la purga en la administración pública (decreto del 7 de abril de 1933), ésta continuó con la Justicia y la Universidad, alcanzando incluso a las becas de estudiantes universitarios, mediante una interpretación extensiva que -Hilberg denuncia puntualmente-, fue pergeñada por el que fuera en aquel entonces rector de la Universidad de Friburgo: Martín Heidegger.

Se obligó también a “arianizar” los periódicos y todas las áreas artísticas. Hubo decretos también para definir a la empresa judía y para obligar a despedir a directivos judíos de empresas arias.

También llegó, en 1938, la orden de registro de todas las propiedades. Y ese mismo año, se obligó al cierre de comercios judíos, así como a la cancelación de actividades de médicos y abogados judíos, y al depósito estatal de todas las tenencias financieras en manos judías.

Se propició el despido de trabajadores judíos y su degradación salarial, a la vez que se les prohibió todo acceso a la asistencia social y se puso en marcha la legislación sobre trabajos forzosos.

Así, la comunidad judía alemana ya había sido golpeada duramente en su desenvolvimiento económico, y aún la guerra no había comenzado.

Hilberg termina esta capítulo señalando: “Y de esa manera, de unos cuantos plumazos, la burocracia había reducido una comunidad en otro tiempo próspera […] a una banda de famélicos trabajadores forzados que suplicaban su magra comida al final del día”.

Ya estamos en otro apartado (Cap. VI “La concentración”), pero el hilo conductor del relato parece no percatarse.

Es aquí donde Hilberg se ocupa de las leyes raciales de Nüremberg, sus definiciones, sus contradicciones y vacíos legales, cubiertos obedientemente por los tribunales –crecientemente nazificados- siempre en perjuicio del acusado.

Por supuesto, aquí está el caso Katzenberger. Se ocupa también de las marcas en los pasaportes (“J”) y los nombres obligatorios.

Las cosas no pudieron menos que empeorar para el pueblo judío con el advenimiento de la guerra a fines del ’39, a partir de la cual la dictadura nazi se reveló abiertamente totalitaria (Arendt).

Se fijaron horarios de veda; se redujeron las raciones de alimentos, se les prohibió el uso de teléfonos, se obligó al uso de la estrella de David, se los trasladó a residencias especiales y se constituyeron los consejos de autoridades para hacer más dócil a la población judía frente a las medidas más drásticas que estaban por venir.

Acerca de los consejos judíos, Hilberg anota: “Fue un sistema que permitió a los alemanes ahorrar personal y fondos, y al mismo tiempo aumentar su dominio sobre las víctimas. Una vez dominados los dirigentes judíos, estaban en posición de controlar a toda la comunidad”.

En este sexto apartado, Hilberg abre el espectro de su análisis y dirige su mirada al este, a Polonia.

Es que desde su anexión a fines del ‘39, la maquinaria de destrucción que operó en Polonia alcanzó y superó a la burocracia que se ocupaba de Alemania, se manejó sin mayores rodeos y fue mucho más punzante y decidida.

Paradójicamente, el universo de perseguidos era mucho mayor, tanto en cantidad como en proporción: 3.300.000 personas, un 10 % de la población. Sólo Varsovia tenía una cantidad equivalente a la comunidad judía alemana del ’33: 400.000 personas.

Aquí el autor efectúa un profundo estudio de la maquinaria destructiva instaurada en Polonia, y en especial, nos presenta un perfil acabado de uno de sus jerarcas, Hans Frank.

Pero Frank –un jurista nazi- no manejaba todos los resortes del aparato, que en modo creciente, fueron concentrados sin moverse de Berlín, por otro líder nazi más poderoso: Heinrich Himmler, Reichsführer, líder de las S.S. y a partir de 1943, también Ministro del Interior.

La genealogía de este personaje clave de la dictadura nazi y del proceso de exterminio, como así también el aparato partidario que le respondía ciegamente (con doce áreas S.S., una de las cuales era la conocida como Dirección General de Seguridad del Reich, RSHA, a cargo de Heydrich, de la que dependía la Gestapo, de Müller y Eichmann) está en este apartado.

Luego de estos excursos indispensables, se retoma el relato del proceso de destrucción.

Estamos en 1940, año en el cual comenzaron las deportaciones en masa desde el Reich a suelo polaco, para dejar territorio alemán judenfrei (libre de judíos).

Para esta época, en los circuitos de poder político y militar nazi, se debaten distintas ideas acerca de adónde hacer emigrar definitivamente a los judíos europeos.

Aquí, Hilberg sigue la pista (y aumenta las pruebas con documentos hallados recientemente) del proyecto Madagascar, el cual, parece que fue tomado en serio por buena parte de la burocracia, Eichmann incluido, hasta que se convencieron de su inviabilidad, a mediados de 1941.

También comienza la descripción de otra aberrante institución medieval, desenterrada por los nazis: el gueto, que irrumpe en escena durante el invierno de 1939/40, en especial, el de Lodz, en abril de 1940 (activo durante más de cuatro años) y el de Varsovia, en octubre de ese año. El otro importante, en la ciudad de Lvov, se erigió recién en diciembre de 1941.

Tal fue la importancia de los guetos en Polonia que –según Hilberg- a finales de 1941, casi todos los judíos vivían en ellos.

Se justifica pues, el desmenuzamiento de la administración y de la vida cotidiana en ellos, que efectúa aquí el autor.

Es conocida la descripción negativa que hace Hilberg del papel cumplido por los líderes judíos de los guetos, su burocracia y su policía, teniendo en cuenta las enormes cifras de asesinados y a la vez, las raquíticas de salvados.

Se aborda también con detenimiento la explotación del trabajo ridículamente asalariado o directamente esclavo; el racionamiento cada vez peor; las deplorables condiciones higiénicas y las elevadas tasas de mortalidad, no obstante lo cual –remata Hilberg sobre el final del apartado- “a los alemanes, el ritmo no les parecía suficientemente rápido. No podían esperar dos o tres décadas”.

La emergencia de la endlösung, la solución final, era inminente.

A continuación (Cap. VII “Las operaciones móviles de exterminio”), el autor nos prepara para lo que parece ya a esta altura inevitable.

Para ello, en primer lugar radiografía la columna vertebral de la maquinaria de destrucción, desde la cual se centralizaban y coordinaban los esfuerzos genocidas: la ya mencionada RSHA, una de las direcciones generales de las SS.

[Recorriendo el espinel de detallados cuadros que nos presenta aquí el libro, descubrimos la doble lejanía del Teniente Coronel Adolf Eichmann, tanto de la cúspide como de la base del aparato de poder que integraba, remarcada por Arendt. Veamos: Hitler - Himmler (SS) - Heydrich (RSHA) - Müller (IV Gestapo) - Hartl (IV-B Sectas) - Eichmann (IV-B-4 Judíos) y de allí en más la cadena prosigue en Berlín para ramificarse luego en los territorios ocupados].

Es que esta primera etapa, con fusilamientos masivos de judíos en el este, mientras se concebían y levantaban los campos de exterminio, estuvo a cargo de esta dirección.

En mayo de 1941, el autor nos ilustra acerca de un acuerdo entre Heydrich (RSHA) y Wagner (OKH, el Estado Mayor conjunto), por el cual los Einsatzgruppen o unidades móviles (de exterminio) podrían moverse libremente por todo el frente ruso. El ejército no se mostró pasivo en el acuerdo: les proveería toda la logística para que los ejecutores puedan llevar adelante su cometido óptimamente. Sólo cabía esperar el comienzo de la invasión, un mes después.

Luego analiza la conformación de los cuatro batallones (letras A a D) y el perfil terroríficamente civilizado de sus líderes (uno de ellos, Otto Ohlendorf, era Doctor en Leyes).

Allí cuando la línea del frente comenzó a moverse empujando a los rusos al este, comenzaron sin más las ejecuciones.

A partir de aquí, Hilberg es Virgilio, y llevados por su pluma, el descenso siniestro por los anillos del infierno quita la respiración.

En un primer momento la cuestión estaba rodeada de ciertos discursos limitadores (“partisanos”, “agitadores”, “sólo hombres”), pero pronto –antes de terminar el verano, estamos en agosto/septiembre del ’41- la maquinaria destructiva desatada fue liberada de toda restricción en punto a los judíos, señal clara de que en la Cancillería del Reich se había ordenado la solución final de la cuestión judía. Se agregaron cuerpos de alistados letones, estonios, lituanos y ucranianos, que se encargaron muchas veces de las tareas más crueles.

Hilberg da cuenta de los métodos empleados: si bien hubo casos de encierro de víctimas en recintos que luego eran incendiados o ametrallados, la regla eran los fusilamientos masivos a campo abierto y frente a fosas comunes: los hubo de cientos, de miles y de decenas de miles (Minsk, 25.000; Riga, 28.000; Kiev, 34.000).

Reconstruye el fervor con el que se sumaron a la empresa criminal algunos aliados del Reich, especialmente, los rumanos.

Se detiene en la parálisis con la que fue recibida la estrategia del terror asesino por parte de los pobladores invadidos no judíos, y la nula resistencia de las propias víctimas.

Hilberg describe dos barridos sucesivos. Durante el primero, de junio a diciembre de 1941, fueron masacrados medio millón de judíos. El segundo comenzó inmediatamente después y perduró todo el año siguiente.

En total, según los cálculos del autor, las operaciones móviles de exterminio, acabaron con la vida de casi un millón y medio de víctimas (cfr. cuadro de pág. 1367).

A fines de 1942, los fusilamientos, que no se habían detenido incluso frente a demandas estratégicas impostergables –tanto bélicas como económicas-, repentinamente cesaron.

Y no es que no quedaran víctimas por alcanzar.

Es que en un enclave ferroviario cerca de Cracovia, y en algunos otros puntos de la Polonia oriental, había comenzado, rodeado del máximo secreto, la fase final, culminación de un frío y planificado proceso de maximización de la producción y minimización de los costes, que se estaba desenvolviendo con éxito, verificado en el incesante fulgor de las chimeneas de unos establecimientos industriales allí levantados.

¿La producción? era de cadáveres. ¿Los costes ahorrados? en munición, en dispersión de rumores por todo el Reich y en deterioro psicológico de los perpetradores. ¿Las chimeneas? escupían cenizas humanas provenientes de los hornos crematorios. ¿La industria? no era otra que la de la muerte. ¿El éxito? el fijado por la burocracia nazi en la conferencia de Wansee, el 20 de enero de 1942: la desaparición física de los judíos europeos al mayor ritmo imaginable.

La página más negra de la historia de la modernidad había sido inaugurada.

(La segunda parte de este comentario, en el número siguiente de Nuestra Memoria).



* Primera Edición en inglés: 1961. Primera Edición en castellano: 2005 (de la ed. 2002 revisada, publicada por Yale University Press). Traducción de Cristina Piña Aldao. Ediciones Akal, Madrid, 2005. 1455 páginas.

* * Profesor de Derecho Penal (UBA). Juez Federal.