La Destrucción de los Judíos Europeos II, de Raul Hilberg



La Destrucción de los Judíos Europeos (Segunda parte) *
Raul Hilberg

Por Daniel Rafecas**

Retomo aquí el comentario de esta obra, a partir de su página 953, en donde Hilberg se aboca a Las operaciones de los campos de exterminio.

Nos estamos refiriendo a aquellos sitios destinados inequívocamente al asesinato planificado y masivo de seres humanos, con instalaciones sólo útiles para tal cometido: cámaras de gas y hornos crematorios.

Entre los miles de lager levantados por los nazis entre 1933 y 1945 (de trabajo, de concentración, de tránsito, etc.), Hilberg identifica sólo seis de exterminio, todos ellos ubicados en Polonia, punto de destino de transportes ferroviarios procedentes de todo la Europa conquistada, desde el norte de Noruega hasta la Isla de Cos en el Egeo; desde los pueblos al oeste del Volga hasta los Pirineos franceses.

En tres años, de diciembre del ’41 a noviembre del ’44, vagones de carga llevaron tres millones de seres humanos a estos seis lugares, para retornar, vacíos, a sus puntos de partida. Pese al costo y a las necesidades bélicas impostergables, los convoyes ferroviarios con carga humana destinada a desaparecer nunca detuvieron su ritmo.

Sus nombres hoy son sinónimo del mal más radical que haya campeado en el mundo: Auschwitz-Birkenau, Sobibór, Treblinka, Belzec, Kulmhof (Chelmno) y Lublin (Majdanek).

Nos dice Hilberg –en un razonamiento que luego será profundizado por Bauman y Traverso- que estos centros de la muerte trabajaban de manera rápida y eficaz, asemejándose en varios aspectos a los métodos complejos de la producción en serie de la fábrica moderna, y que en tal sentido, se trataba de un hecho sin precedentes en la historia, pues nunca antes se había matado a seres humanos de acuerdo con el modelo fordista de la cadena de montaje. Con referencia a Auschwitz, Hilberg dirá que, desde el momento en que se abrían las puertas del tren, a muchos de los deportados les quedaban sólo dos horas de vida.

Los seis centros de exterminio emergieron en 1941-1942, esto es, durante el período en que la Alemania nazi avanzaba triunfante en todos los frentes de batalla, al tiempo que expandía -con euforia y pronósticos de impunidad- su extenso sistema concentracionario para acabar con sus enemigos internos y explotar al máximo sus trabajadores esclavos.

Aquí Hilberg se ocupa de un dirigente nazi que supo abarcar el manejo de casi todos los campos de concentración y de exterminio, al comando de su Dirección General Económico-Administrativa (WVHA) de las SS, dependiente de Heydrich y Himmler: Oswald Pohl. Fue bajo la órbita de Pohl que los lager se multiplicaron y que los centros de exterminio emergieron sin contratiempos y discretamente.

El primero de ellos, Kulmhof (Chelmno) se levantó en diciembre de 1941, con la instalación fija de tres furgones acondicionados para matar personas con los escapes de vehículos a motor. Más de 150.000 víctimas de origen judío polaco, terminaron allí sus días. Operó hasta mediados de 1944.

Le siguió Belzec, inaugurado a comienzos de 1942, donde fueron asesinados -hasta su cierre a final de ese mismo año- casi medio millón de judíos, casi todos polacos de Galitzia, Cracovia y Lublin, campo en el que se usaba gas (cianuro de hidrógeno) embotellado y contaba además con un motor diesel (monóxido de carbono), y cuyas instalaciones fueron ampliadas para tener mayor capacidad de destrucción.

Cerca de éste se erigió Sobibór, que funcionó desde abril de 1942 a octubre de 1943 y se tragó para siempre la vida de unas 150.000 víctimas judías de distinto origen (polacos, franceses, holandeses, eslovacos y bálticos). Sobibór mataba con monóxido de carbono emanado de un motor de ocho cilindros y 200 caballos de potencia. Tenía cámaras de gas, mas no hornos crematorios: los cadáveres de quemaban en fosas comunes.

Y en julio siguiente comenzó a operar Treblinka, en donde fueron asesinadas 800.000 personas por su condición de judíos, la mitad de ellas provenientes del guetto de Varsovia. Prácticamente no hubo sobrevivientes de este campo. La producción de muerte en Treblinka se expandió dramáticamente cuando se instalaron a fines del ’42, seis cámaras de gas, que operaron hasta octubre de 1943. Relata Hilberg que “la fachada del edificio de gaseado de Treblinka estaba decorada con una Estrella de David bajo el hastial. En la entrada colgaba una pesada cortina negra, sacada de una sinagoga, en la que aún se leían en hebreo las palabras «Ésta es la puerta que atraviesan los justos»”.

Siguiendo con la cronología, en septiembre de 1942, un campo de prisioneros fue acondicionado como centro de exterminio al levantarse tres cámaras de gas. Se lo conocía como Lublin, pero terminó imponiéndose el nombre de Majdanek. Más de 50.000 víctimas judías murieron allí, la mayoría gaseados con monóxido de carbono o con cianuro, pero también por medio de ametrallamientos masivos.

Paralelamente, en la Alta Silesia, cerca de Cracovia, las SS desplegaban su control sobre una amplia zona a partir de la ocupación de lo que había sido una base de artillería y luego un centro sanitario de cuarentena. Su comandante daba una pista de lo que, en secreto, se estaba concibiendo: era un ex funcionario de Dachau y Sachsenhausen, Rudolf Höss. Cuando Hitler decidió la solución final, Auschwitz estaba listo para liderar la última fase del proceso de destrucción. Los cálculos de Hilberg arrojan una cifra aproximada al millón de judíos asesinados en este complejo mientras permaneció operable, entre febrero de 1942 y el 25 de noviembre de 1944, día en que Himmler ordenó el cierre del campo. La cifra, como sabemos, se expande sustancialmente al sumar víctimas de otra condición (gitanos, testigos de jehová, opositores, prisioneros de guerra, etc.).

Siguiendo al autor, es difícil describir Auschwitz-Birkenau, pues se trató de un campo en permanente ampliación. A tal punto que en 1943 fue dividido administrativamente en tres: Auschwitz I o Stammlager (campo viejo); Auschwitz II o Birkenau (el campo de exterminio) y Auschwitz III o Monowitz (el campo de trabajo industrial).

Se trataba de un enorme complejo concentracionario -que albergaba cientos de miles de recluidos, explotados en las decenas de fábricas que se instalaron en los alrededores, encabezados por los IG Farben- y un sector apartado (en el bosque de Birkenau) que funcionaba como área de exterminio, con vías férreas propias y siete cámaras de gas en donde se empleaba cianuro de hidrógeno solidificado, un avance de la industria química desarrollado por la firma DEGESCH, productora del (nombre comercial) Zyklon-B.

Enormes hornos crematorios cerraban el circuito siniestro convirtiendo en cenizas a niños, adultos y ancianos de ambos sexos, dispersadas por altas chimeneas de ladrillo que aun hoy pueden contemplarse en el lugar. Cuando se hacía un cuello de botella por la acumulación de cadáveres (llamados por las SS “trapos” o figuren), se incineraban cuerpos en un campo adyacente. Es que en Birkenau se llegó a superar las 10.000 víctimas diarias en junio de 1944.

Es interesante el cálculo que hace Hilberg del personal que las SS emplearon en todo el sistema de exterminio, es decir, en contacto directo con el terror y la muerte, entre 1942 y 1945: aproximadamente 45.000 personas, de los cuales 7.000 sólo en Auschwitz-Birkenau. A ello se le sumaban los sonderkommandos, grupos de cautivos que se dedicaban a las tareas más duras y que eran sistemáticamente eliminados y reemplazados por otros en cuestión de semanas.

También se ocupa de la distribución del poder entre los sometidos, bajo el dictado de férreas jerarquías raciales: en el escalón inferior estaban los judíos, que sólo podían esperar la muerte, ya sea en la cámara de gas, ya sea como mano de obra esclava fácilmente reemplazable.

Se detiene también en los experimentos médicos aberrantes en estos campos: métodos de esterilización (Dr. Clauberg), purificación racial a través del empleo de gemelos (Dr. Mengele), entre otros.

Finalmente, describe la cadena de montaje que corría paralela a la de fabricación de cadáveres, y que se encargaba de la confiscación de todos los elementos con algún valor que transportaban las víctimas al campo. Partidas de trabajo formadas por presos inventariaban desde las prendas de vestir hasta relojes y utensilios; desde monedas y billetes hasta dientes de oro; el cabello era cortado y enviado a Alemania con fines industriales, en fin, “los dos procesos orgánicos del campo de exterminio, la confiscación y las matanzas, se fusionaban y sincronizaban en un solo procedimiento que garantizaba el éxito absoluto de ambas operaciones”.

El 27 de enero de 1945, Auschwitz fue liberado por tropas soviéticas. Diez días antes se habían evacuado hacia el interior del Reich a 58.000 presos que podían caminar. En estas marchas de la muerte, pocos de ellos sobrevivieron el crudo invierno. En cambio, saludaron a los liberadores unos 7.000 cautivos que quedaron allí librados a su suerte (entre ellos, Primo Levi y nuestro David Galante).

Hilberg cuenta con material histórico ruso recogido recientemente, por el cual nos informa de los hallazgos en los almacenes del campo: 836.255 abrigos y vestidos de mujer; 368.820 trajes de hombre; siete toneladas de cabello humano...

A continuación, en el capítulo X (“Reflexiones”) Hilberg se dedica a extraer sus conclusiones acerca de la inmensa tarea emprendida en los capítulos precedentes.

Para ello, las divide en tres secciones: perpetradores, víctimas y vecinos.

Respecto de los perpetradores, Hilberg despliega aquí sus agudos y conocidos razonamientos relacionados con el papel crucial de la burocracia alemana en todo el proceso de destrucción del pueblo judío, comenzando por la definición, pasando por la expropiación y la concentración y culminando con el exterminio y la confiscación de sus últimos bienes. Todos los organismos públicos, todos los estamentos, todas las clases sociales, se vieron involucradas en él. Nunca hubo excusas, como en Italia, o movimientos simbólicos, como en Bulgaria, o dilaciones, como en Hungría.

De la comparación del aparato estatal alemán con otros puestos bajo esta misma inaudita presión en similares circunstancias, emerge clara la diferencia en la respuesta ofrecida por aquél frente a éstos.

Se cumplió el “deber” con eficiencia, aún cuando los tiempos apremiaban, la tarea era enorme en su magnitud, y la mayoría de los agentes tenían varias tareas que cumplir además de su intervención en la solución final. Y eso que -lo digo con una frase célebre de Hilberg, muy citada-, de modo creciente los autores de escritorio sabían que las pilas de formularios se convertían a continuación en pilas de cadáveres.

Claro que desde el poder totalitario se multiplicaron las iniciativas para anestesiar y neutralizar cualquier reacción moral de sus cuerpos administrativos (propaganda, discursos pseudo científicos, silenciamiento y negación de rumores, etc.).

Pero por otra parte, Hilberg demuestra documentalmente que allí cuando un agente (desde jerarca hasta soldado) quería apartarse de la solución final, no sufría consecuencias graves que lo inhibieran; así y todo la enorme mayoría aceptó participar y convertirse así en un perpetrador más de la endlösung.

Con relación a las víctimas, también son conocidas las posiciones de Hilberg, en especial, en cuanto a que el patrón de reacción de los judíos se caracterizó casi completamente por la falta de resistencia armada, ya que la fase final del Holocausto los tomó completamente desprevenidos. Cuando entre el ’42 y el ’44 los dirigentes judíos se dieron cuenta de que la persecución no tenía precedentes en la historia, e iba a cobrarse millones de vidas, ya era demasiado tarde.

Y esto, Hilberg lo refleja en cifras crudas de bajas ocasionadas a los victimarios: 14 muertos y 85 heridos tras el levantamiento del gueto de Varsovia; 11 muertos tras la fuga de Sobibór. La cifra total no va más allá de unos cuantos cientos de hombres, entre muertos y heridos, en todo el proceso de destrucción.

En cambio, refiere el autor, se apeló a la confrontación intelectual y moral, a la palabra, a ganar tiempo mediante el trabajo, la autogestión, y a no provocar a los victimarios (muestra de ello es que para la vigilancia del gueto de Lodz, que llegó a albergar 164.000 habitantes, bastaba con un contingente diario de unos 200 policías). Sabemos que nada de ello funcionó y al contrario, se allanaron los caminos para acelerar la solución final.

Termina sentenciando el autor que “las víctimas judías, atrapadas en la camisa de fuerza de su historia, se lanzaron física y psicológicamente a la catástrofe”.

En cuanto a los vecinos (o espectadores), parte Hilberg de la premisa evidente de que las diversas fases en que avanzó el proceso de destrucción del pueblo judío en la Europa ocupada no les fue desconocida al resto de la población.

Los boicots, los despidos, las arianizaciones, las estrellas judías, los guetos, las columnas de trabajadores judíos en las calles, eran harto visibles, como también lo eran cómo se esfumaban para siempre vecinos judíos, que dejaban detrás casas, comercios y muebles que eran adquiridos sin más por aquéllos.

La conclusión al respecto del autor era que la mayoría se escudaba en una supuesta neutralidad: era un curso de acción seguro, sin los riesgos ni costos que tenía ayudar al perseguido (en muchos casos castigado con pena de muerte) y sin la carga moral de aliarse con el perpetrador (es obvio el lazo genético que une esta postura con el “no te metás” que campeó en la Argentina del terrorismo de Estado).

Esta postura de distanciamiento con el perseguido judío, Hilberg lo traduce en cifras: en una ciudad como París, de la cual se podría ser optimista al respecto, la cifra de refugiados ilegales no superó el 3 % de la población no judía. De allí las cifras van en descenso: Copenhague, Ámsterdam y Varsovia escondieron el equivalente al 1 % de sus gentiles. En las ciudades alemanes la cifra es aun menor, y así hasta la insignificancia en Bohemia y Moravia y otras regiones.

Y al mismo tiempo, fueron muchos los voluntarios que se alineaban con los alemanes: marcaban las casas judías, señalaban las vías de escape, delataban identidades ocultas, colaboraban en los barridos, vigilaban los transportes, etc. Pocas fueron las áreas sin dichos colaboradores.

El primer muro en torno a los judíos fue jurídico. El segundo muro fueron los guetos. El tercer muro, nos dice Hilberg, fue humano, levantado por los espectadores locales en cada región.

La obra termina con el capítulo final (“Consecuencias”) en donde se repasan algunas cifras relacionadas con el tema en estudio.

Por ejemplo, que la comunidad judía mundial perdió un tercio de sus miembros en la Shoá, desde más de 16 millones a unos 11 millones, la mitad de ellos, judíos polacos, que pasaron de una población de más de 3 millones, a menos de 50.000 al final de la guerra (500.000 muertes en guetos, 700.000 en ametrallamientos y 1.700.000 en campos de exterminio).

Y que el bienio 1941-1942 se llevó el 60 % de las víctimas.

También aquí el autor analiza los juicios al genocidio nazi, comenzando por el más famoso llevado a cabo en Nüremberg, que culminó el 1º de octubre de 1946.

Pero no se detiene allí y ahonda en los procesos judiciales que vinieron después, que llevó al procesamiento a unos 180 perpetradores, en doce grupos de acusación (médicos, jueces, burócratas, planificadores, empresarios, generales, etc.), que culminaron con 27 condenas a muerte y 97 a penas de prisión, y que fue seguido inmediatamente de un proceso ininterrumpido de reducción de las penas impuestas. En 1951, sólo 50 seguían encarcelados.

Además, los procesos de desnazificación terminaron con la reclusión de miles de personas en Alemania y Austria, durante algunos años, tras lo cual fueron paulatinamente liberados.

Hubo juicios y condenas a muerte también en Austria, Polonia y la Unión Soviética, entre otros.

Señala Hilberg que los juicios continuaron a lo largo de las décadas, y que en general se sustanciaron contra victimarios de los rangos más bajos.

En las últimas páginas Hilberg despliega cuadros con cifras finales de víctimas.

En este sentido, había cierta expectativa en punto a la revisión de las mismas, que el autor mantiene sin modificaciones desde 1961, y dado que las nuevas vetas de documentación obtenidas tras la apertura de archivos en el este europeo podían llevarlo a considerar cambios. No obstante, las cifras se mantuvieron. Para Hilberg, en definitiva, y tras estudios y cruzamiento de datos de poblaciones previas y supervivientes en toda Europa, mas las fuentes propias de archivos nazis y aliados, la cantidad total de víctimas judías asesinadas ronda los 5.100.000. Era especialmente baja la cifra propuesta en 1961 relacionada con el año 1945, ya que de enero a mayo Hilberg contabilizó algo más de cien mil víctimas, lo cual reafirma en esta edición revisada; tal vez la diferencia entre las aproximaciones más convencionales (que fincan la cifra entre los 5,5 y los 6 millones) se deban a la diferente apreciación de los caídos en las marchas de la muerte y sin dudas, a la altísima cifra de fallecidos tras la caída de Hitler.

Entre muchas otras ricas reflexiones, a Hilberg le duele especialmente el silenciamiento que le fue dispensado al Holocausto durante las tres décadas posteriores. Se lo omitió de libros de texto y enciclopedias, de la historiografía, el teatro y el cine. El viraje comenzó a fines de los ’80 y no se ha detenido hasta nuestros días.

La traducción de esta obra a nuestra lengua (algo reclamado por quien aquí reseña en algún número anterior de la revista) se inscribe en esta sana tendencia de asumir, desde la modernidad, todo lo que significa la Shoá. Ahora debería traducirse esta misma obra condensada (publicada en inglés como student edition por Holmes & Meier, Nueva York, en 1985, de tan sólo 360 páginas) y su obra posterior, Perpetrators, Victims, Bystanders (Nueva York, 1992) en donde continúa sus desarrollos al capítulo X de The Destruction…, obras que multiplicarán el acceso de todo tipo de público a un autor imprescindible, un sabio, un erudito y especialmente, un ser humano de profunda y noble sensibilidad.



* Primera Edición en inglés: 1961. Primera Edición en castellano: 2005 (de la ed. 2002 revisada, publicada por Yale University Press). Traducción de Cristina Piña Aldao. Ediciones Akal, Madrid, 2005. 1455 páginas.

* * Profesor de Derecho Penal (UBA). Juez Federal.