El establecimiento de la Inquisición antigua


Capítulo II- El establecimiento de la Inquisición antigua

Por Fernando Susini
La lucha contra los Cátaros
Los multiformes movimientos heterodoxos e incluso aquellos a los que no se los ha clasificado como corriente herética propiamente dicha, por la inexistencia de una mínima estructuración interna, como el caso de la gran cantidad de predicadores y profetas populares que surgieron y se propagaron a lo largo y ancho de Europa desde el año 1000[1], comenzaron a ser reprimidos con fuerza implacable por parte de la Iglesia y el poder secular en las décadas finales del siglo XII y en el siglo XIII.
Es entonces, con la persecución del catarismo[2], cuando se inaugura en la historia de la Iglesia romana una nueva era caracterizada por la represión de la herejía como fenómeno religioso y político a la vez. Esta nueva etapa, primero se manifestará palmariamente con la cruzada albigense (cruzada militar dirigida al seno de la cristiandad) organizada por el Papa Inocencio III e, inmediatamente después, con la instauración de los tribunales de la Inquisición .
Es importante destacar ello, tanto como recordar que en la Edad Media rigen los principios de indivisibilidad y totalidad por medio de los que se legitima la competencia y autoridad de “lo religioso” en todas las actividades humanas[3].
La centralidad de lo religioso, desde la perspectiva política, define a la fe cristiana como el principal instrumento de control sobre la sociedad europea medieval[4]. De dicho instrumento disponía la Iglesia de Roma como detentadora del monopolio de lo religioso, por lo que no podía permitir el eventual éxito de un movimiento herético que pusiese en peligro su hegemonía. Por ello se ha dicho, que la represión de la herejía albigense “constituye el hilo conductor de los acontecimientos que van a cambiar definitivamente la faz política y el corazón religioso de Europa”[5].
Un verdadero punto de inflexión en la orientación política del pontificado romano, en cuanto “La vinculación entre el catarismo y la construcción de un aparato intelectual, jurídico e institucional para la represión de la heterodoxia organizado y dirigido por la Iglesia de Roma es directamente de “causa y efecto”[6].
La apertura de nuevas rutas comerciales, la incipiente concentración económica de las ciudades meridionales, el desarrollo de nuevas técnicas financieras[7] y el surgimiento de una primitiva burguesía caracterizaron la expansión económica de los principados occitanos, a la vez que otorgaron las condiciones de posibilidad para el desarrollo y difusión del catarismo albigense[8].
La incipiente burguesía mercantil adhirió fácilmente al cristianismo cátaro atraída por una doctrina que no consideraba pecado al préstamo de dinero con intereses[9], a diferencia de la Iglesia romana que desde el I Concilio de Letrán (año 1097) castigaba su práctica hasta con la excomunión. En correspondencia con los intereses del elemento burgués, la iglesia cátara poseía las denominadas “casas cátaras” en las que trabajaban hombres y mujeres “perfectos”. Eran estas casas verdaderos talleres que funcionaban al mismo tiempo como centro de producción material (textil, cuero, madera, etc) y lugar de predicación religiosa.
El trabajo productivo como medio de subsistencia de cada miembro de la comunidad fue adoptado como regla evangélica obligatoria, puesto que se seguía el ejemplo de los apóstoles de quienes se decía que poseían un oficio. La subsistencia fundada en el trabajo productivo de los religiosos cátaros contrastaba con la forma de procurarse el soporte material practicada por el clero de la Iglesia romana, que era en base a imposiciones efectuadas a los fieles[10].
Por otra parte, la nobleza local adhirió mayormente al cristianismo cátaro, pese al rechazo de cualquier jerarquía temporal y la negación de la justicia laica que este propugnaba, toda vez que también ello significaba un ataque tácito, pero de cualquier manera un límite, al poder temporal de la Iglesia de Roma en el Languedoc.
Los hechos
Seguidamente, sintetizaremos los sucesos relevantes que tuvieron lugar en la persecución y exterminio de la herejía cátara desde mediados del siglo XII a mediados del siglo XIII.
El Papa Alejandro III (1159-1181), con el auspicio y mediación de las coronas de Aragón y Francia, desarrolla la primer fase de la llamada “vía de la persuasión” (1165), caracterizada por coloquios contradictorios entre católicos y cátaros. Pese a ello, el mismo Papa convocará al III concilio de Letrán (1179) en el que se condena por primera vez la herejía cátara (canon 27) disponiendo la excomunión de quienes siguieran dicha doctrina y de quienes prestaran apoyo a los herejes[11].
Un nuevo Papa -Lucio III- congregó un concilio en Verona para el año 1184, al que asistió el emperador Federico I, y de acuerdo con éste decretó que “por cuanto la disciplina eclesiástica era despreciada algunas veces, fuesen entregados a la justicia secular aquellos a quienes los obispos declararan por herejes[12].
Si bien los obispos quedaban encargados de la disciplina y del control espiritual de los fieles, como lo habían estado hasta entonces, la novedad del concilio fue la de prescribir un modo de proceder diferente: la entrega de herejes al “brazo secular”; forma sutil de condenar a muerte en la hoguera.
Es entonces, el Decretal de Verona, el documento por medio del cual se establecieron las bases del sistema de represión de herejías que desarrolla la Iglesia antes de disponer del aparato inquisitorial propiamente dicho.
Hacia el año 1204, el Papa Inocencio III[13] (1198-1216), inicia la segunda fase de la “vía de la persuasión” mediante la denominada “cruzada espiritual”, que consistió en una campaña de predicación llevada a cabo por delegados pontificios distintos de los obispos, específicamente enviados al Midi.
Como legados papales, Inocencio III ordenó a un grupo de cistercienses del monasterio de Fuentefría, de la Galia narbonense: el Abad Arnaldo; Pedro de Castelnau y Radulfo. La misión de los delegados, a quienes se los consideraba inquisidores, era “extirpar” la herejía reduciendo los herejes a la fe católica, a los pertinaces excomulgarlos y entregarlos al brazo secular previa confiscación de sus bienes. Nótese que si bien los delegados pontificios cumplían funciones de inquisidores, nos encontramos en un momento pre-institucional, ya que no podrá hablarse del tribunal de la Inquisición (maquinaria inquisitorial) sino hasta la década de 1230.
En nombre del Papa, los delegados solicitaron el auxilio del rey de Francia, Felipe II, y de la nobleza, instando a que se procediera con dureza contra los herejes, ofreciendo como premio las mismas indulgencias plenarias que la Iglesia había concedido a los cruzados en la lucha contra los “infieles” en Tierra Santa[14]. Pero los delegados pontificios no obtuvieron respuesta favorable del rey ni de los condes de Tolosa, Foix, Becieres y Carcasona. Los nobles del sur comprendían que la persecución de los cátaros causaría graves daños a sus intereses, cuyo aseguramiento requería tener bien poblados sus territorios[15].
Con el fin de vencer dicha resistencia el Papa Inocencio III convocó a una nueva “cruzada” (1209), pero esta vez de neto corte militar, declarando la guerra al conde de Tolosa, Raimundo VI[16] (1194-1222), protector de los herejes albigenses que habían dado muerte al delegado pontificio Pedro de Castelnau un año antes.
Bajo la bandera de la lucha contra la herejía (legitimidad espiritual de la cruzada) se ocultó la intención de conquista de las tierras del Languedoc por parte de los barones del norte de Francia, quienes, siguiendo al caudillo Simón de Monfort[17] (1150-1218), se plegaron a la “cruzada” papal e iniciaron una cruenta lucha que se extendió por más de treinta años.
Ahora bien, más allá de las pretensiones de conquista de las tierras del Languedoc por parte de los barones del norte de Francia, nos interesa destacar otra circunstancia que devela la dimensión política del conflicto religioso (principios de indivisibilidad y totalidad). En este sentido, el llamamiento del Papa a una cruzada militar en el seno de la cristiandad solo puede ser comprendida como consecuencia de la pérdida de apoyo de la autoridad secular local, lo cual implica el cuestionamiento de la auctoritas del poder pontificio.
Efectivamente, como lo apunta Blázquez Martín, la denominada “vía de la persuasión” se mantuvo hasta que, con la muerte de Raimundo V y la asunción de su hijo, Raimundo VI (1194), el principal poder político secular de la región se inclina a favor de los cátaros[18].
Siguiendo con los sucesos relevantes de la persecución cátara, encontramos que el Papa Honorio III (1216-1227), sucesor de Inocencio III, aprobó especialmente para esta crisis (1216), el instituto de "predicadores contra la herética pravedad", fundado por Domingo de Guzmán[19] -conocido posteriormente como Santo Domingo de Guzmán-.
Si consideramos que una vez establecida la Inquisición, los dominicos serán principalmente designados inquisidores; si a ello le agregamos el siguiente dato estadístico: antes de cumplir un siglo de existencia la orden dominica contaba con más de diez mil religiosos[20]; es fácil concluir que la Iglesia romana dispuso de nuevos y mejores (por eficaces) recursos para la persecución y posterior eliminación de la herejía cátara que los esfuerzos destinados a la persecución de otros movimientos heréticos hasta ese entonces.
Esa nueva voluntad de persecución alcanzó los más elevados niveles del poder secular. Así, vemos como también Honorio III (1221), realizó las gestiones necesarias para que el emperador Federico II convirtiese en ley civil una constitución contra los herejes, sus descendientes y ocultadores, que establecía lo siguiente:
“si se hallasen herejes en cualquier parte de su imperio por los inquisidores que había puesto la silla apostólica, o por otros católicos celosos, estuviesen obligados a prenderlos por insinuación de dichos inquisidores, o de los otros católicos, y tenerlos en custodia segura hasta que después de excomulgados por la Iglesia, sufriesen la pena de muerte. Que la sufrieran también los fautores ocultadores y defensores. (…) Que siendo como es mayor el crimen de lesa majestad divina que el de lesa majestad humana, y Dios vengador del pecado de los padres en los hijos, para que estos no imiten el crimen de aquellos, fuesen los descendientes de los herejes hasta la segunda generación incapaces de honores y oficios, excepto los hijos inocentes que denunciasen la iniquidad de su padre[21].
El Establecimiento de la Inquisición como Tribunal; el Papa Gregorio IX
La represión a la herejía cátara a finales del siglo XII, principalmente en el Languedoc francés, pero también en Cataluña y Lombardia es un verdadero punto de inflexión en donde, por una parte, termina el largo proceso de dogmatización y codificación de la experiencia religiosa iniciado con el concilio de Nicea. Por la otra, significa el punto de partida de un modo de ejercer el poder por parte de la jerarquía de la Iglesia de Roma: el Derecho Canónico y la coacción, como medio propio de eficacia, determinarán la creación de tribunales especializados en juzgar las desviaciones del dogma[22].
Al tiempo en que se combatía contra los herejes en el sur de Francia fueron detectadas herejías en la propia ciudad de Roma, por lo que el Papa Gregorio IX, a la vez soberano temporal, reaccionó con dureza librando una bula (1231) por medio de la cual excomulgaba a los herejes y establecía que los condenados por la Iglesia fueran entregados al Juez secular para su castigo. Asimismo, la bula establecía que se le debían imponer penas similares a los ocultadores, defensores y seguidores de sus doctrinas, y sí alguno de los indicados fuese clérigo, se lo degradase antes de entregarlo al Juez, si fuere Juez, sus sentencias fueran declaradas nulas, sí escribanos, nulos sus testimonios. Para el caso en que los sospechosos de herejías no destruyeran la sospecha por medio de la purgación canónica, estaba prevista la excomunión, y pasado un año en ese estado, se lo declaraba hereje sin más.
El afán de descubrir herejes a cualquier precio quedaba manifiesto en la obligación que imponía la bula a todas las personas de denunciar ante el confesor, bajo pena de excomunión, cuando notare reuniones celebradas en sitios ocultos o “gentes cuyo modo de vivir se diferenciase del común”[23].
Estos métodos de investigación en los que se hacía jugar el binomio premio-castigo permitieron a los agentes inquisidores obtener largas listas de personas implicadas en actividades heterodoxas, proceder que también sería empleado con mucha eficacia por parte de la Inquisición española siglos después[24].
En el año 1233, cuando la Inquisición logró estabilidad en Francia, la España cristiana estaba dividida en los reinos de Aragón, Castilla, Navarra y Portugal. Posteriormente el rey Fernando de Castilla anexionó los reinos de Sevilla, Córdoba y Jaén, y Jaime I de Aragón agregó los de Valencia y Mallorca.
La primer referencia probada documentalmente de un tribunal de la Inquisición en el territorio que hoy ocupa España lo constituye un breve del Papa Gregorio IX, del 26 de mayo de 1232, dirigido al arzobispo de Tarragona[25], aunque por la existencia de conventos dominicos organizados casi desde la fundación de la Orden de Predicadores, no debe descartarse que haya habido persecución herética en forma de inquisición antes de dicho breve.
En 1235 el pontífice envió a Guillermo Mongrin, nuevo arzobispo de Tarragona, una instrucción para inquisidores, a fin de aclarar la consulta que éste le había formulado[26]. Luego de ello, Mongrin, junto con fray Pedro de Planedis y el obispo de Urgel, comenzaron la persecución de herejes en Cataluña.
Por medio de distintos breves se intentó introducir la inquisición en Castilla (año 1236); Navarra (año 1248) y Portugal, pero con certeza en el siglo XIII solamente hubo inquisición estable en las diócesis de Tarragona, Barcelona, Urgel, Lérida y Gerona, todas lindantes con el reino de Francia.
Una de las posibles explicaciones de la ausencia de Inquisición en el reino de Castilla, anterior a los Reyes Católicos, fue brindada por Teófilo Ruiz, quien justificó ello en el tradicional desprecio del clero castellano a la autoridad Papal. En sus palabras: “Cuando a mediados del siglo XIII el éxito de la Inquisición del Languedoc, extendida a Aragón y a otros reinos europeos, pudo servir de ejemplo a Castilla y ser adoptado allí, todo el reino se encerró en sí mismo para tratar de enfrentarse a una serie de crisis que, con el tiempo, transformarían las estructuras del reino castellano cara a los tres siglos siguientes”[27].
Contra ésta postura, se ha juzgado acertada por muchos historiadores la tesis sostenida por Kamen[28], quien entiende que la inexistencia de herejía formal en Castilla determinaba la innecesariedad de implantar la Inquisición en ese reino.
Sobre los años finales del siglo XIII la herejía cátara había sido controlada en el sur de Francia y en otras regiones de Europa occidental, con lo cual la actividad inquisitorial disminuyó considerablemente, llegando a tener una presencia casi formal en el reino de Aragón en el siglo XV[29], tiempo en que los Reyes Católicos solicitaron al Papa autorización para establecer la denominada Inquisición moderna.
Las inquisiciones Antigua y Moderna; características generales
Antes de formular las diferencias de las denominadas Inquisición antigua e Inquisición moderna diremos que ambas se rigieron, formalmente, por un mismo espíritu: el de la represión de la herejía y de cualquier otro principio que atentase contra el dogma o la moral de la Iglesia Católica.
La Inquisición antigua se fundó a principios del siglo XIII con el fin inmediato de combatir la herejía cátara, que constituía un foco de rebelión religioso, aunque también político, desarrollado en un territorio concreto. -norte de la península itálica y en el mediodía francés- Controlado y casi eliminado el catarismo la Inquisición originaria actuó con progresiva atenuación de sus métodos represivos sobre pequeños focos ideológicamente peligrosos, como los fraticelli, los bergados o los valdenses e impuso su férula sobre científicos y teólogos sospechosos de desviaciones dogmáticas[30].
Este tipo de Inquisición era esencialmente dependiente del papado y sus ministros, de carácter ecuménico en una Europa oficialmente católica despreocupada de la política particular de sus estados y dedicada al “universalismo” emanado de Roma. Se nutrió para sus cargos de miembros preferentemente elegidos entre los frailes de la Orden de Predicadores, fundada por Domingo de Guzmán, y con menos frecuencia de la Orden Franciscana. La Inquisición antigua fue itinerante, acudía a indagar, juzgar y condenar al lugar donde sucedían los hechos, o existía sospecha fundada de herejía, y los abandonaba una vez cumplidos los objetivos.
La Inquisición moderna o española fue la instaurada por los Reyes Católicos y por el Papa Sixto IV, en el año 1478, para combatir la herejía judaica practicada supuestamente por cristianos conversos. Nació de una idea política asumida por el pontificado luego de superado el Cisma en 1418, tras el concilio de Constanza, para convertirse en instrumento, básicamente, de las necesidades políticas de la corona castellano-aragonesa. En este sentido eran los monarcas y no los Papas los que nombraban, trasladaban y destituían a sus miembros, cuando les parecía conveniente, a la vez que se atendía a sus necesidades económicas con auxilio de las arcas de la corona.
Aunque tenía profunda identidad ideológica con los dominicos, la Inquisición moderna nombraba a sus miembros de cualquier estamento eclesiástico, buscaba la consulta de teólogos especialistas y admitía seglares en sus filas, en calidad de colaboradores. La Inquisición moderna en un principio fue itinerante pero rápidamente transformó sus estructuras, delimitó jurisdicciones territoriales en distritos permanentes para diferentes tribunales.
Se conformó un órgano colegiado con presencia en el gobierno regio, denominado “Consejo de la Suprema y General Inquisición”, o “La Suprema”, como fuera conocido. Órgano superior del Santo Oficio que era presidido por el Inquisidor General. La Inquisición moderna se manifestaba sin tregua, por su carácter permanente, a través de comisarios y familiares destacados por todo el territorio[31], y desarrolló complejas estructuras burocrático-administrativas.



[1] Alrededor del año 1000 aparecieron dentro de la Iglesia romana movimientos que pretendían la reforma a favor del regreso a los ideales evangélicos de pobreza, pureza y predicación. Una primera respuesta a dichas demandas será la llamada Reforma Gregoriana, llevada a cabo por el Papa Gregorio VII a mediados del siglo XI, que condenó la simonía, compraventa de beneficios eclesiásticos, el concubinato de los clérigos y reglamentó el matrimonio.

[2] Se denominaba Albigenses a los herejes cátaros o dualistas del mediodía francés. Siendo la palabra una derivación de Albí, nombre de la ciudad que fuera uno de los principales centros de acogida de la herejía. El Catarismo tuvo gran aceptación entre la población del Languedoc, en Cataluña y en el norte de la península itálica. La palabra cátaro deriva del griego kathari y significa puro. Entre otras razones el catarismo se expandió debido al efecto positivo que causaba la austeridad con la que vivían sus miembros, en contraste con el relajamiento y suntuosidad con que vivía el clero de la Iglesia romana.

[3] El hombre de la Edad Media percibe el mundo que lo rodea en términos específicamente religiosos. Su universo simbólico contiene casi en su totalidad referencias cristianas. Toda su visa social y privada gira en torno a la salvación del alma y gira en torno a un tema: Dios.

[4] Blázquez Martín, Diego, op. cit., p 27.

[5] Blázquez Martín, Diego, op. cit., p 28.

[6] Blázquez Martín, Diego, op. cit., p 29

[7] Téngase presente que la Letra de Cambio, como título de crédito valido, fue utilizada en Tolosa durante el siglo XII.

[8] El catarismo contaba con mercaderes entre sus principales predicadores itinerantes y muchos otros tenían oficios que les permitieran movilidad (médicos, carpinteros, etc.).

[9] Incluso, la iglesia cátara administraba sus bienes y dinero otorgado en depósito, oficiando como entidad crediticia respecto de pequeños artesanos y comerciantes.

[10] Es necesario destacar que estamos refiriéndonos al siglo XII y que muy difícilmente en esta período histórico se hayan dado condiciones tales como las descritas en el resto de Europa, sino hasta varios siglos después. Esto coloca a la doctrina cátara como adelantada o de características modernas, especialmente en lo referente a las trasformaciones de las relaciones sociales y materiales.

[11] En lo referente a la dimensión política de la consolidación del catarismo hay que destacar que la convocatoria al III Concilio de Letrán tuvo su origen en el viaje al sur de Francia que realizó el Papa Alejandro III, cuando se vio amenazado por el avance del Emperador Federico I (Barbarroja). La importancia de ello se observa cuando el Papa Lucio III y el emperador Federico I acordaron poner fin a veinte años de tensiones entre el Papado y el Imperio para restablecer el orden de la fe que constantemente desafiaban las herejías. “Decretal de Verona” (1184).

[12] Llorente, Juan A. Ibidem, t. I, p. 50.

[13] El Papa Inocencio III reunía dos características importantes: la de ser uno de los juristas más importantes de su tiempo y la de ser soberano temporal en los estados romanos. Ello se conjugaba con su idea política de que la Respública Cristiana debía llevarse a cabo bajo una suerte de teocracia dirigida por la autoridad pontificia y el servicio de los poderes laicos. Combatió los abusos que se producían con las bulas, fue ejemplo de austeridad y brindó apoyo a las ordenes mendicantes.

[14] Llorente, Juan A., Op. Cit. t. I. p. 58.

[15] Jimenez Monteserín, Miguel, Op. Cit, p. 113.

[16] Raimundo VI sucedió a su padre Raimundo V, pero se desvió de la política trazada por este. Buscó acercarse a la Corona de Aragón (en 1204 se casó con Leonor, hermana de Pedro el Católico), apoyó a la burguesía urbana y sostuvo a sus vasallos albigenses, en alianza con los condes de Foix y Comenges. Fue excomulgado (1207) por Inocencio III. Tras la derrota y muerte de Pedro el Católico, al que había jurado fidelidad, fue obligado a entregar sus dominios al Papa. El IV Concilio de Letrán (1215) decretó la desposesión de la dinastía de Tolosa en provecho de Simón de Monfort; sin embargo, la recuperación de Tolosa (1217) por un ejercito catalanoprovenzal hizo posible su retorno a la ciudad y la recuperación de casi todos sus dominios.

[17] Simón de Monfort era un noble francés (Conde de Leicester por parte materna) que participó en la cuarta cruzada (1199). Fue elegido caudillo de la “cruzada” que organizó Inocencio III para luchar contra los cátaros albigenses. Como rédito de la lucha obtuvo los títulos de conde de Tolosa, vizconde de Beziers y Carcasona y duque de Narbona.

[18] Blázquez Martín, Diego, op., cit., p. 30.

[19] Domino de Guzmán nación en Caleruela, Burgos en 1170 y murió en Bolonia en 1221. En 1209 no quiso asociarse a la “cruzada” decidida por Inocencio III e insistió con la predicación. Fue canonizado por Gregorio IX en el año 1234.

[20] Orlandis Rovira, José, Op. Cit. t.I. p. 329.

[21] Llorente, Juan A., Op. Cit. p. 68. El destacado nos corresponde.

[22] Blázquez Mertín, Diego, Op. Cit. p., 24.

[23] Llorente, Juan A., Ibidem, t. I. p. 73.

[24] R. Ruiz, Teófilo. La Inquisición Medieval y la Moderna: paralelos y contrastes, en Inquisición española y mentalidad social, Ed. Ariel, 1984, Barcelona, p. 49. Los inquisidores del tribunal moderno o español, a partir de 1481 pusieron en practica el denominado período de "gracia", tiempo en el cual se producían las auto-denuncias reguladas en El Manual de Eimeric. Nos extendemos sobre el punto en el apartado dedicado a la actuación de dicho tribunal.

[25] Con referencia a dicho breve Llorente señala que el Papa avisado de la propagación de la herejía en la provincia de Tarragona exhortó al arzobispo Esparrago y a los obispos de dicha diócesis “a que por si mismos y por medio de los frailes predicadores y otros varones idóneos, inquiriesen contra los herejes y propagadores de la herejía” adjuntándoles copia de la bula que había expedido en 1231, agregando que para el caso de arrepentimiento del hereje se absolviera, pero verificando la sinceridad del mismo a los efectos de evitar la reincidencia. Blázquez Miguel refiere que no se trataba de un breve sino se una bula (Declinantes), La Inquisición en Catalunya, Ed. Arcano, Madrid, 1990. p. 24.

[26] La realización de dichas instrucciones fueron atribuidas al catalán dominico Raimundo de Penyafort, quien por entonces era penitente del pontífice.

[27] R. Ruiz, Teófilo. Op. Cit., p. 51.

[28] Kamen, Henry, La Inquisición española. Una revisión histórica, Ed. Crítica, Barcelona, 1999. p. 14. (1ª edición en ingles, 1997).

[29] Blázquez Miguel, Juan, Op. Cit. p. 27.

[30] Atienza, Juan G., Guía de la Inquisición en España. Ed. Ariel, Barcelona, 1988, p. 25.

[31] Atienza, Juan G., Ibidem, p. 28.