El despliegue normativo y judicial de la Inquisición española


Capítulo VI- Buscando la "berdad" en la actuación del tribunal
Por Fernando Susini


Los objetivos declarados de la Inquisición española y la descripción de su funcionamiento.

La Inquisición tenía como objetivo declarado la persecución de la herejía, entendida en un sentido amplio,[1] como "un error voluntario mantenido en forma pertinaz por un cristiano, que atañe a los símbolos de la fe, a los decretos de la Iglesia o a los libros sagrados. Hereje es así todo individuo que, ante una doctrina verdadera y otra falsa, tenazmente elige ésta y rechaza aquella".[2]
Solo desde una concepción amplia de herejía[3] como la brindada, que trasciende los principios dogmáticos y abarca los morales, es como se explica que la competencia material del tribunal de la Inquisición haya alcanzado a pecados tales como la bigamia, la blasfemia, el sacrilegio o a la sodomía, por mencionar algunos de los conceptos que no podrían haber sido integrados por una definición estricta.[4]
Con ello, en la pretensión de definir al Santo Oficio, diremos que fue un tribunal de doble naturaleza -real y papal-, cuya misión fue la defensa de la dogmática y la moral sostenidas por la Iglesia Católica mediante la persecución de los delitos que atentaban contra una u otra. -dogmática y moral-[5] En ese sentido la Inquisición era un tribunal eclesiástico, en cuanto estuvo formado en su mayor parte por clérigos, y civil, en cuanto dependía del poder del rey. Su fin era religioso, por un lado, pues juzgaba delitos de fe, pero por otro, su fin era político, al ser asumido ello por la monarquía. Sirvió a la Iglesia castigando la heterodoxia, y al Estado, procurando la unidad ideológica de sus súbditos, con lo cual contribuía al fortaleciendo del poder de ambos.[6]
Ahora bien, como lo indica Tomás y Valiente,[7] los conceptos de delito y pecado[8] son mas o menos difusos, pero en todo caso, toman realidad recién cuando son cometidos por alguien, lo que nos lleva a hablar de "delincuentes" y "pecadores" y, a su vez, a definir al objeto de la actividad inquisitorial: como la persecución de delincuentes y pecadores contra la dogmática y la moral católica.[9]
Es aquí cuando nos enfrentamos a nuestro primer y fundamental -por insalvable- problema: el de tener que interpretar con conceptos diferentes la realidad que le dio vida a la Inquisición moderna. Es esa realidad, que no podremos comprender desde nuestra mentalidad "racionalista" y "secularizada", en la que comenzó a actuar un tribunal dotado de un enorme poder temporal, pero dedicado a la defensa de la fe, compuesto por teólogos y canonistas, pero dependiente del rey.


Las fuentes normativas y un esquema del proceso penal utilizado por el tribunal inquisitorial

En cuanto al derecho, siguiendo a Tomás y Valiente[10], sabemos que la Inquisición fue tributaria directa de la tradición jurídica del "Derecho Común" -Ius commune- continental europeo, nacido en los siglos XII y XIII del cual proviene el llamado proceso penal inquisitivo,[11] sistema procesal que a su vez le dio el nombre al tribunal medieval. Será importante destacar entonces, que el proceso penal inquisitivo era el utilizado por la inmensa mayoría de los tribunales penales de los reinos de Europa continental, y particularmente el de Castilla,[12] lo que llevó a decir que "La Inquisición perseguía y juzgaba herejes, blasfemos o bígamos con el mismo tipo de proceso penal con que cualquier juez o tribunal de la época perseguía y enjuiciaba a ladrones, traidores y homicidas".[13]
En cuanto a la normativa que regulaba las actuaciones del tribunal inquisitorial, hay que distinguir entre las de orden interno -Instrucciones y Cartas Acordadas - y externo -bulas y breves pontificios, y cédulas reales-.
Las Instrucciones, generalmente, iban dirigidas en dos sentidos: a- como reglamento básico de régimen interno -establecían los horarios de trabajo, salarios y normas de conducta- b- a fin de facilitar la labor del tribunal, para lo cual recogían los textos legales extraídos del derecho penal ordinario y del derecho canónico. Asimismo, una fuente importante de dichas Instrucciones fue el famoso "Directorio de Inquisidores" o "El Manual de los Inquisidores" de Nicolau Eimeric, del año 1376, comentado por Francisco Peña, en el año 1578.
Huerga Criado[14] refiere que las Instrucciones siempre fueron firmadas por el Inquisidor General y por los miembros de la Suprema. Las primeras cuatro Instrucciones fueron las libradas por Torquemada en los años 1484, 1485, 1488 y 1498. Con posterioridad, otros Inquisidores, Generales libraron Instrucciones acomodadas a las primeras de Torquemada: Diego de Deza, en 1500 y 1504, Luis Mercader, en Aragón en 1514, Francisco de Cisneros, en 1516, y Adriano de Utrech en 1521. En el año 1561, el Inquisidor General, Fernando de Valdés actualizó y ordenó las Instrucciones con el fin de lograr su unificación.
Las Cartas Acordadas o Circulares, estaban destinadas a los tribunales de distrito y emanaban del Consejo de la Suprema. Buscaron acercar la practica de los tribunales y la normativa -Instrucciones-. A criterio de González de Caldas,[15] "ajustar, regular y unificar la práctica de los tribunales fueron tareas que la Suprema tuvo que estar constantemente realizando", lo cual determinó la aparición de dichas misivas preceptivas.
Respecto de la legislación externa del tribunal hay que diferenciar dos vertientes. La producida por el rey -cédulas reales- y la producida por el pontífice -breves y bulas-.
Las cédulas reales eran disposiciones del monarca, cuyo destinatario podía ser un miembro del tribunal o bien otras personas con cargos civiles o eclesiásticos. La mayoría de estas disposiciones tenían como fin regular la hacienda del tribunal que estaba integrada en la hacienda real. Las menos -denominadas de ruego- eran solicitudes que el rey formulaba a personas extrañas al tribunal a fin de que favorecieran a éste o a sus ministros.[16]
Las bulas y breves eran disposiciones pontificias que estaban igualadas entre sí en cuanto obligaban a su cumplimiento en la misma medida. Mayoritariamente, su contenido era de carácter general y su mayor importancia venía definida por la función legitimadora del Tribunal, por una parte, y por la regulación que hacia en las competencias eclesiásticas e inquisitorial, por otra.[17]
Hemos dicho más arriba, que el proceso penal inquisitivo fue empleado tanto por la Inquisición como por los tribunales seculares u ordinarios del rey, y que su origen era el proceso canónico, regulado en las Decretales, y en las Partidas.
Ahora bien, brevemente diremos que el esquema básico de dicho proceso era el siguiente: se desarrollaba en dos fases, una sumaria y otra plenaria o de juicio. En la etapa sumaria tenían lugar todas las actuaciones propias de indagación e instrucción en general. Se interrogaba a los testigos de cargo y al acusado, en las denominadas "audiencias preliminares", para las cuales previamente se disponía la detención de éste último. El juicio o plenario, a su vez, se dividía en la fijación de la litis, donde se imponía al reo de la acusación fiscal y se formulaba la respuesta a los cargos -se permitía para ello la asistencia de un abogado defensor-, y en la disposición de pruebas, entre las que podía incluirse el tormento.[18]
Otras características importantes que tenía el proceso inquisitivo, que no podemos dejar fuera del sencillo esquema que estamos definiendo, son las siguientes:
El Juez, Inquisidor para nuestro caso, era el director de todo el proceso, vale decir, desde que se tenía noticia de la posible comisión de un delito hasta la ejecución de la sentencia. Con ello, el Juez no solo juzgaba, sino que antes de hacerlo, en la fase sumaria, investigaba, dirigía la indagación y buscaba responsables.
b. El secreto, predominaba durante toda la fase sumaria o puramente inquisitiva, en la que se mantenía al acusado preso e incomunicado. No se le revelaban a éste los hechos ni el delito de los cuales era sospechoso, colocándolo en situación de indefensión total. La situación no variaba mucho en la segunda etapa, puesto que si bien el reo podía proponer pruebas a su favor y contar con la asistencia de un letrado, aquellas estaban limitadas a desacreditar las ya producidas, y éste tenía una actuación figurativa.
Tomás y Valiente, ha señalado al respecto que "La estructura formal del proceso colocaba, (…) al reo en una clara situación de inferioridad y permitía que a lo largo de la fase sumaria, inquisitiva o secreta se construyese contra él una firme presunción de culpabilidad, difícilmente destructible después en la última fase del proceso".[19]
Kamen,[20] ya no sobre el proceso en general, sino refiriéndose a la práctica inquisitorial, destacó que el secreto se mantenía en la fase plenaria, toda vez que cuando se hacía saber al imputado la acusación presentada por el Fiscal, se suprimían los nombres de los testigos, así como era silenciada toda circunstancia que pudiera ayudar a la identificación de estos. Los Inquisidores podían utilizar las pruebas no reveladas para fundamentar su sentencia burlando toda posibilidad de defensa del acusado.
La confesión de culpabilidad era considerada como prueba plena. Si ésta no se producía libremente podía someterse al acusado a tormento, el cual debía disponerse por una resolución, fundada en indicios ciertos de culpabilidad.[21] Pero si la confesión se lograba bajo tormento, debía ser ratificada cuando los efectos del mismo hubieran cesado -generalmente al día siguiente-, puesto que si ello no ocurría, dicha confesión carecía de valor probatorio.
Nos parece oportuno apuntar algo más con relación al tormento: 1. la aplicación del mismo era frecuente en los tribunales reales y no así por los de la Inquisición española,[22] que lo aplicaba como último recurso, aunque ello debe matizarse puesto que fue variando de acuerdo con los distintos períodos represivos por los que atravesó. 2. la finalidad del tormento era la de provocar la confesión -medio para conseguir la prueba perfectamente regulado-[23] y no una sanción impuesta por la sentencia -pena-, aplicada con sadismo, como lo ha hecho popular la leyenda de la Inquisición.


Actuación del Santo Oficio

Cuando la Inquisición llegaba a una ciudad, se establecía el día y la hora de la misa en el cual se daría lectura al "edicto de fe", acto al que todo fiel mayor de 12 o 14 años tenía la obligación de asistir -por su obligación de declarar como testigo-[24] bajo sanción de excomunión. Generalmente la misa se dictaba en el templo más importante de la ciudad o en la catedral y en un día festivo o domingo especialmente significativo.
La ceremonia de la "Sancta Missa", comenzaba con un "sermón general", que esencialmente era un acto de adoctrinamiento colectivo, totalmente dedicado a la fe, a su significación y a su defensa, en el que se destacaba la gravedad de la herejía.[25] En el sermón, se daba lectura al "edicto de fe",[26] el que primero describía en extenso los comportamientos sospechosos de herejía, señalando las más variadas, sencillas y cotidianas conductas.
Como ejemplo, transcribiremos parcialmente, el "edicto de fe" promulgado en la ciudad de Valencia, en el mes de marzo del año 1512, el cual señala como sospechosos a:

"todos aquellos que no deseen comer cerdo salado, liebres, conejos, caracoles o pescado que no tenga escamas; que bañen los cuerpos de sus muertos y los entierren en suelo virgen de acuerdo con la costumbre judía (…) que separen un pedazo de la masa cuando estén elaborando pan y lo arrojen al fuego (…) que digan que la Ley de Moisés es buena y puede darles la salvación (…) que digan cosas escandalosas contra nuestra Santa Fe Católica y contra los oficiales de la Inquisición (…) que afirmen que la vida no es mas que nacimiento y muerte, y que no hay ningún paraíso y ningún infierno; y que manifiesten que ejercer la usura no es pecado (…)" [27]

Posteriormente, el edicto establecía un plazo de entre 30 y 40 días para que se produjeran las delaciones, que era denominado "de gracia", toda vez que si los herejes manifestaban su arrepentimiento y pedían sincero perdón en ese tiempo, podían reconciliarse con la Iglesia, con la garantía de que se les impondrían penas de orden espiritual, o bien de otro orden pero menores, y al mismo tiempo no se les confiscarían sus bienes.[28]

"Pero los que, en vez de presentarse espontaneamente, esperen a ser acusados, denunciados o citados, o capturados, o que dejen pasar el plazo de gracia, ésos no se beneficiarán de tanta misericordia! !Por lo tanto, conjuramos a todos a presentarse espontaneamente durante el período de gracia!"[29]

También estaban obligados a denunciar todos aquellos "buenos cristianos" que supiesen de la existencia de comportamientos sospechosos de herejía, bajo apercibimiento de incurrir en el delito de "ocultación" de herejes. El Manual de Eimeric enseña cómo el inquisidor debe anunciar ello a la asamblea:

-que- "nos digan si lo saben, si han oído decir que tal persona es hereje, conocida como hereje, sospechosa de herejía, o que habla contra algún artículo de fe, o contra los sacramentos, o que no vive como los demás, o que evita el trato con creyentes, o que invoca a los demonios y les rinde culto." [30]

El edicto promulgado en Valencia, antes citado, establece:

"que contra los rebeldes y desobedientes que oculten la verdad en relación con las cosas mencionadas, caigan todas las plagas y maldiciones que cayeron y descendieron sobre el Faraón y su hueste por no haber obedecido los mandamientos divinos; y que los abarque la misma sentencia de excomunión divina que alcanzo a las gentes de Sodoma y Gomorra que perecieron todos en las llamas (…) por los grandes delitos y pecados que cometieron en desobediencia y rebelión (…) y sean maldecidos al comer y beber, al despertar y al dormir, al venir y al irse, (…) que el diablo esté siempre a su diestra; (…) que sus días sean pocos y malos; que de su hacienda gocen otros, y sus hijos sean huérfanos, y sus esposas viudas, (…) Que sus hijos estén siempre necesitados, (…) y que no encuentren a nadie que se apiade de ellos, que sus hijos se arruinen y sean desterrados, y sus nombres también, (…) Maldecidos sean ante Satanás y Lucifer y todos los diablos del infierno, y que sean estos sus señores, y los acompañen de noche y de día. Amén"

Es habitual leer, en diferentes trabajos especializados, que en sus primeros años de existencia la Inquisición salió a la búsqueda de herejes más que a esperar que fuesen entregados, pero contradiciendo ello, Kamen y González de Caldas, entre otros, explican que una vez que los tribunales dejaron de ser itinerantes y ocuparon sedes estables, no cambio mucho la situación debido a que los Inquisidores estaban obligados por las Instrucciones de 1498 a realizar visitas periódicas por el distrito correspondiente. En el año 1417 dichas visitas se hacían cada cuatros meses,[31] hasta mediados del siglo XVIII que definitivamente dejaron de practicarse.[32]
Es posible que las diferentes posturas sobre el punto encuentren explicación en que tanto los tribunales itinerantes -que solo existieron en los primeros años-, las visitas a las que estaban obligados los tribunales de distrito -ya establecidos y organizados en sedes-, y la red de familiares y comisarios, tenían la misma finalidad: la de controlar el territorio y hacer de la Inquisición un tribunal palpable, omnipresente.


Inicio de los procesos

De acuerdo con lo previsto por el apartado C, de la parte Segunda de "El Manual de los Inquisidores", las actuaciones inquisitoriales podían iniciarse de oficio -encuesta general o particular- o por denuncia -acusación particular, simple delación y autodenuncia-.
El acusador particular debía someterse a la ley del talión, esto es que si no se podía demostrar la culpabilidad del acusado, el acusador sufría el castigo que se le hubiera impuesto a aquel. En el mismo apartado -punto 13- aludiendo a éste, Eimeric refiere:

"No es el mejor método en la práctica inquisitorial; es peligroso y muy discutible", en el que "el Inquisidor no procederá por cuenta propia, sino a instancias de una parte (…)" y Peña, agrega, "en nuestros días (escribió en 1578) el papel del acusador corresponde a un funcionario llamado Fiscal, y él es quien asume la acusación".

La simple delación, era el procedimiento habitual por el que se iniciaban los procesos, fomentado ello por la Inquisición moderna mediante la ocultación al imputado del nombre del denunciante y testigos. En este sentido, las Instrucciones impartidas por Torquemada, en el año 1484, reconocían el daño que podía recaer sobre las personas y bienes de los delatores y testigos de herejía, dejando la ocultación del nombre al arbitrio de los jueces inquisidores. Las Instrucciones de Valdés, del año 1561, en el capítulo 31, recomendaban el secreto, pero como lo reconoce Peña, en el año 1578, "En la jurisdicción inquisitorial, actualmente, no se publican en ningún caso ni en ningún sitio los nombres de los testigos ni de los delatores (…)"[33]
La iniciación de "oficio", era la llamada "inquisición" o "encuesta" y podía ser general -inquisitio generalis- sin que se hubiese señalado previamente un delito de herejía, o bien, podía ser especial -inquisitio especialis- que implicaba la existencia efectiva de un delito, o rumor fundado sobre la responsabilidad de una o más personas.
En el apartado 15, titulado "Inicio de un proceso por encuesta", El Manual de Inquisidores establece:

"No hay ni confesión espontánea, ni acusación, ni delación, sino el rumor que circula en tal ciudad o en tal región de que fulano ha dicho o ha hecho tal o cual cosa contra la fe o a favor de los herejes. En tal caso, el inquisidor inquiere, no a instancia de una parte, sino por su propio oficio. (…) Y si el rumor llega a oídos del Inquisidor por boca de personas honradas y bien pensantes (…)"[34]

Con respecto a la encuesta especial, es oportuno citar lo apuntado por Peña:
"(…) en el ámbito de la herejía, es legítimo proceder a una encuesta especial incluso cuando no ha habido delito. Pero el inquisidor redoblará en prudencia, circunspección y reserva en este caso para no herir inútilmente el honor del encuestado."[35]


El proceso en concreto: Alonso Alarcón, Toledo 1635

Hemos brindado más arriba, un panorama del derecho procesal que utilizaba el tribunal del Santo Oficio, y a su vez, de la normativa que lo regulaba. Posteriormente, realizamos una explicación esquemática de su funcionamiento, y mostramos como actuaban los tribunales cuando llegaban a una ciudad -ya fuera por su condición de itinerantes, o bien, cuando establecidos cumplimentaban una "visita"-, pero en todo caso, hemos descrito al tribunal cuando realizaba una "encuesta general", cuyo objetivo era descubrir comportamientos heréticos.
Ahora, para que se comprenda cómo se aplicaba -o no- la teoría, nos parece mejor mostrar un caso concreto, verdadero. Veremos entonces, cómo actuaba el tribunal de la Inquisición en su sede, una vez recibida la delación simple contra una persona en particular, esto es en la denominada encuesta especial.
Para ello, hemos elegido un proceso hecho público en la Revista "Historia 16" -diciembre de 1976-, en el que no existen delitos extraordinarios ni grandes personajes, por el contrario, el acusado es un simple oficial tejedor, de 40 años de edad, casado y con tres hijas, llamado Alonso Alarcón. Todo lo que en el proceso ocurre es ordinario y vulgar, "tiene el ambiente y el tono de lo frecuente, de lo cotidiano,"[36] que es lo que nos interesa mostrar, de acuerdo con los fines que nos hemos propuesto en este trabajo.
El proceso se inició en la ciudad de Toledo, el día 2 de junio del año 1635, con la denuncia efectuada ante el tribunal de la Santa Inquisición por parte de Simón de Haro, cura de la parroquia de San Lorenzo, acusando a Alonso Alarcón del delito de blasfemia. Comenzó el tribunal la investigación sumaria, tres días después (5-6-1635), se ordenó la detención del acusado, quien fue alojado en las cárceles secretas del Tribunal, incomunicado.
Los distintos testimonios que se fueron colectando, desde la denuncia, involucraban a Alarcón en los siguientes hechos:

haber dicho que "Nuestra Señora (La Virgen María) no fue casada, sino amancebada y que se fornicó con muchos" y "Que su hija Francisca estaba más Virgen que Nuestra Señora del Sagrario"; haber afirmado que "Nuestro Señor trataba con la Virgen como los hombres con las mujeres"; "que un viernes, estando al parecer sano, se comió una perdiz" (señal de judaizante) y "Que una noche estando enfermo (…) tiró un crucifijo de madera al suelo e intentó golpear con él a unos vecinos."

En las tres audiencias preliminares en las que se vieron el rostro Inquisidor y acusado, se le interrogó a éste sobre si sabía de los motivos de su detención, respondiendo, solamente en la primera de dichas audiencias, "que cree que cuando estuvo enfermo de frenesí tiró un crucifijo y dijo algunas herejías, pero que no se acuerda de nada más".
Con fecha 21 de junio de 1635, -aún no había transcurrido un mes desde el inicio de las actuaciones-, el Fiscal, don Balthasar de Oyanguren, formuló la acusación por el delito de blasfemia, fundamentado ello, en que si hizo "tales y tan malas acciones hay que presumir que otras semejantes habrá realizado a lo largo de su vida". Asimismo, solicitó que Alonso Alarcón sea sometido a tormento, por cuanto "aunque se le haya tomado juramento de decir verdad en los interrogatorios a los que se le ha sometido, no ha dicho verdad, puesto que no se ha reconocido culpable". Finalmente, requirió al tribunal que el acusado sea declarado "hereje, blasfemo, sacrílego, perjuro, excomulgado, diminuto y falso confidente."
Luego de una muy breve fase sumaria del proceso, con la presentación del Fiscal, se inició la fase plenaria o de juicio. En adelante, el acusado siguió preso, pero comunicado, y con la asistencia de dos abogados del Santo Oficio: Miguel Sanchez y Alonso de Narbona.
El 25 de septiembre de 1635, fue presentada la "nota teológica,"[37] en la cual el calificador dictaminó: que los hechos eran "manifiestamente heréticos, impíos y blasfemos", y que quien los había dicho y hecho, era "hereje, calvinista y puritano".
A pedido de la defensa (con fecha 5-10-1635), el tribunal dispuso que Alarcón fuera revisado por los médicos para que se determinara una posible enfermedad mental. Se produjo entonces lo que actualmente se denomina pericia médica.
Fechado en el mismo día, el informe escrito realizado por el doctor Matheo de Puelles y Escobar, medico del Santo Oficio refiere:

"Que e visitado por mandato de Vuestra Señoría a Alonso de Alarcón, preso en las cárceles secretas, y según lo que responde y discurre me parece que en lo corriente y ordinario es constante de juyzio, pero dispuesto a tener horas en que se enajene y priue dél, y es lo que llamamos dezmentado o menguado, punto de que ay mucha prueva (…) el fundamento desto consiste en que para el buen discurso se pide disposición de todas las partes de la cabeza (…) así juzgo fundado en razón abrá tenido y tendrá muchas partes de tiempo en que no sea dueño de su discurso, antes hable y proceda erradamente en los objetos conocidos, al rebes y trastocados en las conveniencias. Esto me parece salvo meliori judicio."

El medico "don Gabriel Núñez Cabrera", declaró con fecha 3 de noviembre, manifestando conocer a Alonso Alarcón desde hacía 16 años y haberlo asistido el día en que arrojó el crucifijo. Al serle preguntado por el tribunal,

"si todo el tiempo que le conoce al dicho Alonso de Alarcón le a conocido loco con algún género de delirio, manía u otro, y si en esta enfermedad reconoció en él locura alguna dicha o echa, diga lo que save, dijo que nunca le a conocido loco en todo el tiempo que le a tratado, ni de la enfermedad que aquí se trata conoció tal en las tres bisitas que le iço."

Respecto de su condición mental, según un testigo, después de aquel día de crisis Alfonso Alarcón dijo:

"piensan que soi loco y me tienen por tal y no lo soi, que por loco me tengo de salir aunque me lleben al Nuncio, y si ago locuras es porque me den de comer."

En el mes de febrero del año 1636, antes de tomar la decisión de aplicar tormento a Alarcón para que confesara los hechos, el tribunal dispuso una nueva pericia médica, pero ahora, a los efectos de determinar si el acusado estaba en condiciones de recibir dicho tormento. Tanto el Dr. Puelles Escobar, medico antes actuante, como el médico toledano Dr. Bermúdez, manifestaron que:

"en el lado izquierdo puede dársela (a la tortura), y no en el derecho, por quanto a tenido en él perlesía, y oy el brazo y mano derecha los tiene mancos…"

Con los dictámenes médicos favorables al tormento, los Inquisidores dieron una última oportunidad al imputado, y lo "amonestaron" a que dijera "berdad," en referencia a reconocer los hechos contenidos en la acusación Fiscal, haciéndole saber de la tortura en caso de negativa. Alarcón respondió: "Pongan mucho de norabuena. Moriré en él. Yo no tengo que decir lo que no he dicho".
El mismo día (10 de abril de 1536), se resolvió el siguiente auto de tormento:

"Sentencia. Christi nomine invocato. Fallamos atento los autos y méritos del dicho processo y indicios y sospecha que dél resultan contra el dicho Alonso de Alarcón que le devemos condenar y condenamos a que sea puesto a quistion de tormento, en el qual mandamos esté y persebere por tanto tiempo quanto a nos bien visto fuere, para que en él diga la berdad de lo que está testificado y acusado…"

Sin pausa se notificó al preso, y se dispuso lo necesario para la aplicación del tormento. Aunque bastante resumido, transcribiremos las partes más importantes de una larga acta en la cual quedó minuciosamente reflejado todo lo sucedido en la aplicación de tortura, a la que fue sometido Alonso Alarcón, en la mañana del día 10 de abril de 1636.

"…fue mandado llebar a la cámara de tormento, donde fueron los dichos señores inquisidores y el Ordinario, y estando en ella fue amonestado el dicho Alonso de Alarcón por amor de Dios diga la berdad y no se quiera ber en tanto trabajo.
Dijo. No tengo qué decir. !Ay, moriré en el tormento! Mis hijas y mi mujer encomiendo a Vuestras senorías: que no tengo culpa en ello.
Fuele dicho que diga la berdad y no se quiera ver en tanto trabajo.
Dijo. Que no tiene qué decir.
Fuele mandado desnudar, y estando aciendo, le fue dicho que diga la berdad.
Dijo. No tengo que decir
Fuele dicho que diga la verdad antes de berse en el trabajo que le espera.
Dijo. !Dios me faborecerá y la Virgen! Pero yo no tengo que decir.
Y estando desnudo le fue mandado sentar en el banquillo y le fue dicho que diga la berdad.
Dijo. !Ay, señor! !Dios y la Virgen me balgan!
Y estando atado le fue dicho que mire que le ymporta decir la berad y descargar su conciencia.
Ligaduras en sus braços. Adbertido el berdugo que el tormento a de ser solo en el izquierdo.
Dijo. !Ay, Señor! Que no tengo que decir cosa ninguna. !Virgen Santísima! Mis hijas os encomiendo y mi mujer os encomiendo; que me lebantan testimonio. Pero soy tan pecador que no queréis hacer milagro.
(…) Dijo. !Ay Señor! Estése quieto. Todo digo que es verdad. !Déjelo, que todo es verdad!
Fuele dicho que diga qué es lo que es verdad.
Dijo. !Señor, todo es berdad! Todo lo que me an leydo ayer, que no sé lo que es ni lo quiero.
Fuele dicho que diga la berdad. Y fue mandado salir el berdugo. Salió el berdugo.
Y dijo. !Señor, todo será berdad, todo es berdad! !Por amor de Dios, que me quiten de aquí, que se me quiebra esta pierna! (…) !Todo es berdad y no tengo culpa! !Váyaseme leyendo, que todo es berdad!
Fuele dicho que diga específicamente qué es lo que es berdad.
(…) Fuele mandada a tornar a leer la monición; y leyda, le fue dicho si es verdad lo que se a leydo y si es verdad que él lo dijo.
Dijo. !Todo es verdad y no estaba en mi juicio!
Fuele dicho que diga la verdad abierta y claramente.
Dijo. Que todo lo dijo como se le a leydo, pero que estaba sin juyzio.
Fue mandado entrar el berdugo. Entró el berdugo. Y mandado que prosiga en el tormento, le fue dicho que diga la verdad.
Dijo. Que no tenía que decir. Que se le lea.
Fuele dicho que diga la berdad, que ya se le a leydo muchas veces, y si él lo a dicho se debe acordar de ello. Que lo diga y descargue su conciencia.
Dijo. !Dígame lo que dije! !Ay, Selor! !Díganme, díganmelo ustedes! !Señores, por amor de Dios!
Y esto repitió muchas vezes: !Ay, Dios mío, que me matan!
Fuele dicho que lo que se hace ahora sólo es acabar de atarle. Que diga la berdad.
(…) !Es posible que yo e pecado contra su dibina Majestad! !Ay, Señor! (…)
Ligado en braços y pies. Dijo el oficial que estaba y que tenía puesta la primera buelta, y le fue dicho al reo que diga la verdad o se mandará continuar con el tormento.
Dijo. !Señor! !Buélbamese a leer, que quiero decir la berdad! (…)
Y los dichos señores inquisidores y el Ordinario mandaron salir al berdugo. Salió el berdugo. Y le fue mandada tornar a leer la monición, y le fue dicho que esté atento porque no se le a de bolber a leer, y que diga la verdad y descargue su conciencia. Y luego por mí le fue leyda, y abiéndola aydo toda y entendido dijo.
Dijo. Que es berdad que dijo de la Virgen Santísima que abía fornicado con muchos y que no abía sido casada y que abía mucha jente delante, mas no se acuerda quienes eran. Y que es verdad que se acuerda que tiró un Santo Christo a un hombre. No sabe quien era (…) Y se dejó dar la Extremaunción y se fingió loco por solo que le diesen de comer.
Fuele dicho que no es creyble que estuviese sin juycio y que ahora se acuerde de lo que entonces pasó y dijo. Y así se le amonesta diga la berdad
Y descargue su conciencia.
Y dijo. Que es verdad que estaba en su juicio. Y lo hiço por el fin que tiene dicho.
Fuele dicho que por qué a dicho ahora que no estaba en su juicio.
Dijo. Que no sabe lo que se dice, (…)
Fuele dicho que todo lo que confiesa es contrario. (…)
Dijo. Que es berdad que estaba en su juicio (…)
Preguntado por qué a callado asta ahora el decir lo que tiene confesado (…) pues sobre ello se le an dado tantas audiencias y tantas moniciones.
Dijo. Que la causa de tener hijas y mujer le a obligado a callarlo.
Fuele dicho qué es lo que dice ahora que dijo de que la Virgen abía fornicado con muchos, y que abía sido casada; que a quién lo a oydo decir, u quién le obligó a decirlo. Y si lo cree así y lo tiene por cierto, que diga la berdad en todo y descargue su conciencia.
Dijo. !Que todo es mentira quanto dijo aquí! (…) que lo ago por miedo, que me están matando aquí! !Todo es mentira! !Por la Santísima Trinidad y por el Santísimo Sacramento del Altar! ! Que todo quanto se a escrito aquí es mentira y embeleco!
Fue mandado entrar el berdugo. (…) le fue dicho al reo, que él está vario en sus confesiones. Que por reberencia de Dios diga la berdad y asiente en ella. (…)
Primera buelta. Fuele mandado apretar la primera buelta y le fue dicho que diga la berdad.
Dijo. !Sí diré, Señores, sí diré que todo es verdad! (…) !Quite, quite, que todo es verdad! !Ay, ay, ay!. Y Esto repitió muchas veces. (…)."

Continúa largamente el acta con preguntas y pruebas acerca de la fe -se le solicitó que recitara el "credo"- y dijera el motivo de lo que había dicho contra la Virgen. Se le ordenó al verdugo que diera una segunda vuelta al potro, hasta que Alonso Alarcón enmudeció.
Sobre el final el acta señala:

"Y visto por los Señores Inquisidores y Ordinario la variedad del suso dicho y el no querer responder a cosa de las que se le preguntan y no parecer que por aora tiene otro remedio, dijeron que por ser tarde y por otros respetos, suspendían por el presente el dicho tormento, con protestación que no le abían por suficientemente atormentado y que si no dijese la berdad, reserbaban en sí poderlo continuar quando les pareciere. Y así fue mandado quitar, y quitado del dicho tormento y llebado a su cárcel. Y esta se acabó a las once y media antes del medio día, y se començó a las nuebe y media. Y a lo que pareció el dicho Alonso de Alarcón quedó sano y sin lisión. Todo lo qual pasó ante mi. (…) Don Antonio Sebillano."

Dos días más tarde de haber sido sometido a tortura, tuvo lugar la audiencia de ratificación, en la que Alonso Alarcón negó todo lo dicho en la cámara del tormento. Todo estuvo dispuesto entonces para el dictado de la sentencia, a la cual se llegó sin que la confesión parcial efectuado por el acusado bajo tormento sirviera como prueba.
Con fecha 5 de junio de 1536, el tribunal de Toledo remitió la "propuesta" de sentencia a la Suprema,[38] tribunal que la devolvió aprobándola en el mismo mes de junio. Pero, recién cuatro meses después (12 de octubre de 1536), el tribunal de Toledo emitió la sentencia definitiva, condenando a Alonso Alarcón, por blasfemo, a las siguientes penas: 1. oir una misa en público con mordaza; 2. abjurar de levi; 3. recibir cien azotes y 4. destierro del reino de Toledo y villa de Madrid por seis años. Vale recordar que hasta la sentencia definitiva -casi año y medio desde el inicio del proceso- Alonso Alarcón permaneció detenido.
Luego de haberse cumplido con los azotes -nada se dice de la misa- Alarcón presentó una petición ante la Suprema, a fin de que "se le alçe su destierro", fundado en que "no le es posible con tanta pobreza asistir para el remedio y guarda de tantas hijas…". La Suprema consultó la opinión del Tribunal de Toledo, el que contestó que "no merece el dicho Alarcón que Vuestra Alteza le aga merced ninguna, sino que cumpla con su sentencia", por lo que Alonso Alarcón debió cumplir con seis años de destierro.


Las etapas en la actuación de la Inquisición española

Hemos señalado más arriba que la Inquisición utilizó el concepto de herejía en un sentido amplio -por oposición a estricto-, lo que hizo evidente que las estrategias represoras de los inquisidores estuviesen determinadas por diversas exigencias sociales, culturales y políticas. En otras palabras, para el tribunal del Santo Oficio no era el comportamiento herético lo que realmente importaba, sino antes bien, el control del sujeto que lo asumía. Jaime Contreras[39] ha señalado, que el delito de herejía, era cambiante y maleable de acuerdo a las circunstancias tiempo y espacio, pero en todo caso, por la naturaleza dual del tribunal de la Inquisición. Con ello, la herejía se manifestaba según los vaivenes políticos de la corona y, de acuerdo, con los cambios producidos en la pastoral de la Iglesia, dependiente del Papado romano.
Con la finalidad de brindar una visión de conjunto sobre la actuación de la Inquisición moderna u española,[40] nos preocuparemos por diferenciar las distintas fases de agudización represora y de laxitud por las que atravesó el tribunal, brindando algunas caracterizaciones importantes, pero teniendo en cuenta las circunstancias que hacían maleable la idea de herejía, por haber sido ésta el objeto declarado de persecución.
Primer etapa, 1481-1520.[41] Esta primer etapa se caracterizó por la persecución, casi exclusivamente, de conversos acusados de judaizantes. A su vez, dentro de ésta, pueden diferenciarse, los veinte primeros años en los que los Inquisidores generales, Torquemada y Deza, presionaron sobre los tribunales a los efectos de que actuasen con extrema violencia. Con respecto a estos primeros años se ha escrito: "fueron los tiempos en los que el procedimiento penal se expresó de forma más ejecutiva y sumaria (y en que fueron) procesados más de la mitad de todos los reos que (…) posteriormente caerían en las redes de la Inquisición."[42]La gran cantidad de procesados vino determinada asimismo por el éxito que tuvo el sistema de auto-denuncia en el "período de gracia", en cuanto eficaz herramienta para conseguir delatores.[43]
Se ha dicho en infinidad de obras especializadas, que a principios del siglo XVI el criptojudaizmo había sido extinguido, explicando así, la caída abrupta del número de procesados por la Inquisición. Ahora bien, a nuestro criterio, existe un error en ello. Conforme lo hemos explicado en el apartado que dedicamos al surgimiento de la Inquisición en Castilla, entendemos, que lo que provocó la baja de procesados por los tribunales de la Inquisición fue la transformación paulatina de las circunstancias conflictivas, de relevancia política y social, que llevaron a la persecución de los conversos judíos mediante el empleo de dicha Institución.[44] Entonces, la disminución de la actuación del tribunal a principios del XVI, no vino determinada por la real extinción de los criptojudíos, sino por la desaparición de las circunstancias políticas y sociales que llevaron, a partir de 1478, a la persecución de cristianos nuevos por intermedio de un tribunal religioso dependiente del poder monárquico.
Segunda etapa, 1520-1630/40. Esta etapa fue un período largo, de casi 120 años de duración, en la cual el tribunal de la Inquisición logró plena estabilidad institucional. Se definió la política de la presencia en el territorio, con tribunales estabilizados en sedes, con distritos perfectamente delimitados, y en el aspecto externo, la reforma protestante planteó un serio problema para la cristiandad, representada por Roma y por el emperador Carlos V, que derivó en soluciones religiosas y políticas que determinaron la actuación del Santo Oficio.
En el aspecto religioso, la reacción al quiebre protestante fue la denominada "contrarreforma católica", llevada a cabo a partir del concilio de Trento (1545-1563). Así, Trento significó la depuración de la ortodoxia católica en aspectos como la moral y la ética, que, en la actuación del tribunal, se vio reflejado en la persecución de "cristianos verdaderos" o "viejos", cuyos comportamientos revelaban juicios imprecisos o erróneos sobre la fe y los dogmas católicos.
Fue en éste período en el cual los inquisidores debieron ampliar la definición de herejía para poder castigar delitos tales como la blasfemia, la bigamia, las proposiciones deshonestas y juicios erróneos sobre la eucaristía, el culto a los santos, la virginidad de María, las burlas a los clérigos o la oposición a la actuación del Santo Oficio, entre muchos otros. Cierto es que para el castigo de tales comportamientos, en todo caso, debía mediar un mínimo de escándalo social, que era evaluado en cada caso.
La política de la presencia territorial, en esta fase, se implementó de una manera sutil, vale decir, no definida por la cantidad de procesos, sino por la publicidad de las sentencias y las ejecuciones, que buscaron respectivamente ejemplaridad y espectacularidad.
Así, mientras los sacerdotes enseñaban un determinado comportamiento guiado por la "nueva" moral definía en Trento, los inquisidores castigaban públicamente y con rigor a los más recalcitrantes. La vigilancia sobre el pueblo cristiano tenía como objetivo evitar que penetraran en la sociedad católica las enseñanzas protestantes, entendidas como sinónimo de rebelión,[45] deslegitimadoras de la autoridad del Papa y del emperador.[46]
En el periodo comentado, no solo se castigaron las conductas desviadas de los cristianos viejos, también los musulmanes que se habían convertido "falsamente" al cristianismo, denominados "moriscos", fueron víctimas de la maquinaria inquisitorial. Brevemente, diremos que la ola de persecución inquisitorial contra la supuesta herejía morisca vino determinada, como en todos los casos, por una estrategia política y en este sentido no hay que olvidar que el asentamiento musulmán en el norte de África era percibido muy próximo a los musulmanes hispánicos, lo cual, ubicado en un plano más amplio de tensión que se produjo en el Mediterráneo en la década de 1560, entre el imperio turco y la monarquía católica, caracterizaba a los moriscos como al enemigo otomano en el interior del reino.[47]
Contreras ha señalado que "Tras el duro desenlace de la rebelión de las Alpujarras de 1568, y cuando los moriscos granadinos esparciéronse por el interior de Castilla, se dispararon entonces todos los instrumentos de alarma",[48] e inmediatamente intervino la Inquisición con firmeza sobre los moriscos de Valencia, Zaragoza, La Rioja y Extremadura.

Tercera etapa, 1630/40-1725. En esta etapa el tribunal de la Santa Inquisición continuó reprimiendo los delitos que fueron definiéndose en períodos anteriores, aunque se esforzó en el control de la importación de libros, para lo cual se redobló la vigilancia en pasos fronterizos y puertos. Por otra parte, en forma paulatina se fue reduciendo la presión sobre cristianos viejos, lo que provocó la desaparición del sistema de visitas hacia final del período.
A comienzos del siglo XVIII, casi la totalidad de los procesos iniciados por los tribunales de distrito tuvieron como sujeto pasivo a personas de vida marginal, que vivían en los arrabales de los centros urbanos. Destacamos entonces, que el resultado de los primeros cambios político-estructurales llevó a las cárceles secretas de la Inquisición a vagabundos y prostitutas acusados como blasfemos o bígamos.
A pesar de la diversidad de las actividades[49] que fueron controladas por la Inquisición, la etapa que estamos describiendo se caracterizó por la represión de la herejía judaica. Nuevamente la selectividad inquisitorial persiguió a supuestos criptojudíos, pero no eran éstos descendientes de aquellos conversos duramente combatidos a finales del siglo XV -primera etapa-, sino que eran "cristianos novos" de procedencia portuguesa. Llama la atención cómo fueron reapareciendo elementos de conflictividad social que derivaron en medidas políticas, como la persecución inquisitorial de una minoría.
La historia de los conversos portugueses en Castilla comenzó con la conquista de Portugal en el año 1580; a principios del siglo XVII eran muchos los que habían alcanzado una posición económica destacada, pero de alguna manera se repitió lo sucedido con los conversos españoles, puesto que el ascenso social logrado por los "cristianos novos" que los había colocado cerca del poder político, fue a la vez lo que los convirtió en el enemigo interno, en una sociedad cristiana.[50]

Cuarta etapa, 1725-1834. Desde la perspectiva de la actividad represiva, esta cuarta etapa no exige mayores comentarios debido a que muy pocos han sido los acusados que fueron apresados, juzgados y condenados por el Santo Oficio, pero no por ello este periodo resultó pacífico para la Inquisición.
Recordemos que en el ámbito europeo, el siglo XVIII comenzó con una gran guerra que interesó la participación de todas las potencias en la sucesión de la corona hispánica, y en el ámbito interno, se produjo una guerra civil en la que el reino de Castilla apostaba por la sucesión borbónica y la Corona de Aragón, y el principado de Cataluña, por el Archiduque Carlos de Austria.
En el medio del conflicto la unidad de la Inquisición se quebró por primera vez desde Cisneros. El tribunal de Barcelona se colocó bajo la autoridad de Don Carlos, mientras que el resto de los tribunales, al igual que la Iglesia en su conjunto, no ocultaron su preferencia por Felipe de Anjou, futuro Felipe V. Posteriormente, el tribunal de Barcelona retornó a la unidad de la Inquisición General, pero ello nos demuestra en forma clara que en aquellas circunstancias el Santo Oficio no fue otra cosa que un medio de manipulación política.
Una vez asumida la nueva monarquía, la Inquisición se eclesializó en demasía convirtiéndose en tribuna de las fuerzas sociales y políticas más conservadoras, llamadas "ultramontanas", opuestas al regalísmo borbónico. Señala Contreras que: "Rompíase así el consenso que, secularmente, desde su fundación, había disfrutado el Santo Tribunal",[51] y con ello se iniciaba un conflicto que acompañaría al tribunal hasta su extinción.[52]
Los Jesuitas, que a mediados del siglo XVIII dirigían la Inquisición, acentuaron la vigilancia sobre la producción intelectual,[53] lo que fue percibido rápidamente por el poder regio que intentó limitar ello mediante Real Cédula, firmada por Carlos III en 1768, sometiendo la jurisdicción inquisitorial a la real en materia de censura de libros.[54] La importancia de dicha Cédula no vino definida por la cuestión que pretendía resolver, sino por su significado, ya que dicha norma acentuó el conflicto declarando la supremacía de la ley temporal sobre la sacralidad con que la Inquisición revestía sus privilegios.
La reacción de los inquisidores no se hizo esperar, materializándose en la persecución de los Fiscales reales, Moñino y Campomanes, mentores de la Cédula, quienes de esta manera se transformaron en los primeros ilustrados españoles perseguidos por el Santo Oficio, pero a éstos les siguieron: Aranda, Jovellanos, Urquijo y Pablo de Olavide,[55] entre otros.
Por más que la reacción al movimiento ilustrado haya sido llevada a cabo con el empleo de grandes esfuerzos, los acontecimientos de la Revolución Francesa pusieron de manifiesto la imposibilidad de mantener el orden que había sostenido hasta entonces la legitimidad del tribunal, y que éste a su vez definía.[56] Finalmente, las invasiones napoleónicas sirvieron para acelerar el proceso de abolición de una Institución que estuvo en el centro de la vida política y social "española" por más de trescientos años, pero que dejó sus marcas hasta nuestros días.



[1] Para profundizar en la idea de "herejía" y de "herejes" desde el punto de vista de los teóricos de la Inquisición recomendamos "El Manual de los Inquisidores" de Nicolau Eimeric del año 1376, comentado por Francisco Peña en el año 1578, primera parte, paginas 58 - 113 -de la edición 1996 de la Editorial Muchnik- La importancia de dicho manual consiste en haber sido material de consulta permanente por los tribunales de distrito y fuente de muchas de las cartas acordadas e instrucciones emitidas por la Suprema y por el Inquisidor General respectivamente.

[2] González de Cáldas, Victoria, ¿Judíos o Cristianos? El proceso de fe, Sancta Inquisitio, Ed. Universidad de Sevilla, Sevilla, 2000, p. 81.

[3] Los inquisidores, al juzgar en materia de herejía distinguieron entre los delitos de herejía "formal" y los delitos de herejía "implícita" u oculta. Esta última abarcaba conductas que no necesariamente implicaban una visión alternativa a la oficial, pero eran heterodoxas que hacían sospechar la existencia de una herejía formal. Ej: un bígamo, como sujeto que se había vuelto a casar sin haberse disuelto el vínculo anterior, podía ser comprendido como un signo de mahometanismo o luteranismo.

[4] Entendemos como reduccionista, o estricta, la definición de herejía que solo hace mención a la dogmática (idea de inamovible) y no a la moral y la ética (idea fluctuante de acuerdo a los tiempos e interpretaciones) justificación teórica necesaria para la persecución de otras formas de heterodoxia.

[5] Tomás y Valiente, Francisco, El proceso Penal, revista "Historia 16", p. 19, diciembre 1976.

[6] Huerga Criado, Pilar "El Inquisidor General fray Tomas de Torquemada. Una Inquisición nueva". En Contreras Contreras, Jaime (comp.), Inquisición española, nuevas aproximaciones. Ed. Centro de Estudios Inquisitoriales, Madrid, 1987.

[7] Tomás y Valiente, Francisco, Op. Cit. p. 19.

[8] Sobre la confusión entre delito y pecado en las teorías sustancialistas que en la actualidad legitiman externamente al derecho positivo -leyes penales- recomendamnos la lectura de Ferrajoli, Luigi, Derecho y Razón. Teoría del garantismo penal, Ed. Tortta, 1998, p. 374, traducido al castellano por Perfecto Ibánez y otros. (1ª edición 1989)

[9] En el pensamiento de teólogos y juristas anteriores al siglo XV delito y pecado eran realidades muy próximas, por ejemplo, los delitos como la herejía, el sacrilegio, la bigamia o la blasfemia, eran perseguidos por los tribunales del rey porque eran pecados. Ley penal y ley moral constituyeron las dos caras de una misma moneda. A su vez la confusión de los poderes espiritual y temporal -teoría de las dos espadas- con la subordinación de éste al primero, considerado de rango superior, llevaba a que la ley y las decisiones de gobierno fuesen definidas con frecuencia por teólogos y por ello la herejía, como delito de lesa majestad divina, era considerada el crimen más atroz de todos.

[10] Tomás y Valiente, Francisco, Op. Cit. p. 20.

[11] Por encima de diferencias jurídicas siempre notables, en los territorios de Castilla, Aragón, Cataluña, Valencia o Navarra, se difundió desde los siglos XII y XIII un derecho culto, de jurístas enseñado en la Universidades, un derecho dual en su propia composición pues enlazaba el de la sociedad civil y el de la Iglesia. Tomas y Valiente, Op. Cit, p. 20.

[12] A través de la Recepción el derecho romano-canónico influirá en el derecho castellano-leonés determinando la introducción del procedimiento penal inquisitivo, como se recoge en las leyes de la Partida Tercera y en otros textos jurídicos de Alfonso X, el Sabio, (1252-84). También por influjo de la Recepción Alfonso X introducirá en el proceso penal de Castilla la tortura, regulándola en las Partidas (Partida VII, titulo 30, leyes 1 a 9, De los tormentos). No obstante lo dicho, el proceso inquisitivo tardará en imponerse y coexistirá con antiguas formas privadas de la justicia medieval, como la ordalía o el riepto, e instituciones como el perdón de la parte ofendida, regulados jurídicamente. González de Caldas, Op. Cit. p. 89.

[13] Tomás y Valiente, Francisco, Op. Cit. p. 20

[14] Huerga Criado, Pilar, Op. Cit. p. 24.

[15] González de Caldas, Victoria, Op. Cit., p. 45.

[16] Huerga Criado, Pilar, Op. Cit. p. 22.

[17] Huerga Criado, Pilar, Ibidem, p. 23.

[18] Como definición del tormento judicial Tomás y Valiente señala: "era una prueba del proceso penal, subsidiaria y reiterable, destinada a provocar por medios violentos la confesión de culpabilidad de aquel contra quien hubiera ciertos indicios; o dirigida, a veces, a obtener la acusación del reo contra sus cómplices, o también a forzar las declaraciones de los testigos." Francisco Tomás y Valiente, La tortura judicial en España, Ed. Crítica, Barcelona 2000, p. 99. (1ª edición Ed. Ariel 1973).

[19] Tomás y Valiente, Francisco, Op. Cit. p. 21.

[20] Kamen, Henry, Op. Cit. p. 189.

[21] Conforme las Instrucciones del año 1561.

[22] En este sentido los torturadores empleados por la Inquisición eran los verdugos públicos que trabajaban para los tribunales seculares. Kamen, Henry, Op. Cit. p. 185.

[23] Kamen, Henry, OP. Cit. pp.184-187.

[24] Conforme Carta Acordada de fecha 20-12-1644, en González de Cáldas, Victoria, Op. Cit, p. 239.

[25] "El Manual" de Eimeric (2da. Parte, de la Practica Inquisitorial, apartado 7) enseña un formulario "para leer durante el sermón general" que nos pareció oportuno transcribir, parcialmente, para que el lector pueda tener una mejor idea de lo que estamos explicando: "Nos, fray fulano (…) habiendo sabido que las sierpes de la herejía quieren esparcir su veneno en esta región (…) Nos, cuyas entrañas se estremecen de temor y repugnancia al pensar que el veneno de la herejía ya ha emponzoñado muchas almas."

[26] El primer "edicto de fe" se dividió en 37 apartados contra la herejía judaica, y fue publicado en el año 1481, en la ciudad de Sevilla, cuando recién se había iniciado la actuación del primer tribunal de la Inquisición moderna. González de Cáldas, Victoria, Op. Cit. p. 231.

[27] Roth, Cecil, "La Inquisición española", en internet, www.pachami.com /inquisición/ Edicto1. html

[28] Sobre el alcance limitado de la auto-denuncia en el período de "gracia", véase Lea, Henry C. Historia de la Inquisición española, Ed. Fundación Universidad española, Madrid, 1983, pp. 349-399, vol. II. Traducida al castellano por Miguel Ángel Alcalá.

[29] Eimeric, Nicolau, "El Manual…" p. 131.

[30] Eimeric, Nicolau, "El Manual…" p. 130.

[31] Kamen, Henry, Op. Cit. p. 175.

[32] González de Cáldas, Victoria, Op. Cit. p. 227.

[33] Eimeric, Nicolau; Peña, Francisco, "El Manual…" p. 256.

[34] Eimeric, Nicolau, Op. Cit, p. 138.

[35] Eimeric, Nicolau, Peña, Francisco, "El manual…." p. 139.

[36] Francisco Tomás y Valiente es el autor del artículo "El Proceso Penal", y quien se encargó de seleccionar el proceso y transcribirlo. Nosotros, simplemente, le robamos la idea.

[37] La "calificación" se encargaba a uno, o a un grupo de teólogos, denominados calificadores o censores, que oficiaban de peritos. Consistía en determinar si los hechos abstraídos de toda circunstancia -no se les rebelaba el nombre del acusado- constituían o no, herejía. Los teólogos presentaban el informe en la denominada "nota teológica" calificando los hechos como: herejía formal, próximo a herejía, inducente a ella, fautor de herejes, comportamiento anticristiano, etc. cfr. González de Cáldas, Op. Cit. p. 248. Kamen, (Op. Cit. p. 179) ubica a la calificación antes de ordenarse la detención, pero en el caso de Alarcón, que no es una excepción a lo que habitualmente ocurría, la detención se llevó a cabo en el mes de junio de 1635, y la calificación tres meses después.

[38] El Consejo de la Suprema fue aumentando progresivamente el control sobre los tribunales, desde 1550 le debían ser remitidas todas las sentencias de relación, antes de ser ejecutadas, y a partir de 1647, todas las sentencias sin excepción. Cfr. Bennassar, Bartolomé, Inquisición española, poder político y control social. Ed. Crítica, Barcelona 1981, p. 37. (1ª. edición francesa 1979) traducción al castellano Javier Alfaya.

[39] Contreras, Jaime, Historia de la Inquisición Española, Ed. Arco Libros, Madrid, 1997, p. 34.

[40] Seguiremos para ello el modelo global propuesto por Jean Pierre Dedieu, que toma por parámetro la actividad procesal de los inquisidores de Toledo. En Bennassar, Ed, Op. Cit. pp. 15-39.

[41] Tomamos la fecha de la primer actuación inquisitorial del mes de febrero de 1481, en la ciudad de Sevilla, donde fueron relajadas seis personas acusadas de judaizantes.

[42] Contreras, Jaime, Op. Cit. p. 35.

[43] La simple auto-denuncia como hereje no bastaba para beneficiarse en el período de "gracia", puesto que se exigía la denuncia de todos los cómplices que participaban en el error o la practica herética, o que le habían llevado a él. Ignacio Villa Calleja, Investigación histórica de los "edictos de fe" en la Inquisición española, Ed. Centro de Estudios Inquisitoriales, Madrid, 1987, p. 248. Kamen, (Op. Cit. p. 172.) en el mismo sentido, ha señalado que "era el testimonio de la comunidad -esto es, de los vecinos, los parientes y los enemigos- lo que los acusados más temían."

[44] Conviene recordar la reacción conversa a las primeras actuaciones del Santo Oficio, cuya presión en Roma casi produce la abolición del tribunal por el Papa. Al respecto puede consultarse Ricardo García Cárcel, Orígenes de la Inquisición española. El tribunal de Valencia 1478-1530, Ed. Península, Barcelona, 1976, p. 94.

[45] Recomendamos el interesante planteo que sobre ello hace Jean Pierre Dedieu en El modelo religioso: rechazo de la Reforma y control del pensamiento. Lutero: la creación de una contrafigura. En Bennassar, Op. Cit., p. 231-268.

[46] Porque la reforma había significado el quiebre definitivo del ideal de la Respublica Christiana universal y del Sacro Imperio, Cfr. Peña Echeverría, Javier y otros, La Razón de estado en España, siglos XVI-XVII, Ed. Tecnos, Madrid, 1998, p. XXI.

[47] Contreras, Jaime, Op. Cit. p. 40.

[48] Contreras, Jaime, Ibidem, p. 40.

[49] La estrategia inquisitorial del silencio se hizo explícita con la brujería, delito que apareció en este período fugazmente ya que fue erradicado con la privación de su nombre. Con las excepciones conocidas, como las persecuciones en el noreste de la península, que fueron estudiadas en profundidad por Julio Caro Baroja, Inquisición, Brujería y criptojudaísmo, Ed. Ariel, Barcelona, 1970.

[50] Entre los estudios existentes sobre los conversos portugueses recomendamos la lectura de ¿Judíos o Cristianos?, Victoria González de Cáldas, Op. Cit, pp.143 y ss. y Antonio José Saraiva, Inquisiçáo e cristáos-novos. Ed. Estampa, Lisboa, 1985.

[51] Contreras, Jaime, Op. Cit. p. 46.

[52] La oposición al regalismo político colocó a la Inquisición en contradicción con su propia historia, toda vez que institución eclesiástica, siempre se había movido muy sujeto al programa político de la corona.

[53] Fue el tiempo en que el tribunal llevó al "Indice de libros prohibidos", sobre todo, obras de crítica histórica y del derecho natural.

[54] Se obligaba a los inquisidores a presentar sus edictos ante las autoridades regias ante de ser publicados, para ser autorizados por el monarca.

[55] En la lucha contra la Ilustración en la península, el proceso de Olavide fue todo un símbolo, pues en su persona convergían los elementos más significativos que caracterizaban a un ilustrado, por su relación personal con intelectuales europeos como Voltaire y su afición a las ciencias de la razón, como la historia, la filosofía y la economía.

[56] Pese a ello, hubo intentos de reforma (Floridablanca, Godoy) que pretendieron la supresión del fuero inquisitorial para los ministros del Santo Oficio, pero fueron rechazados por el Consejo de la Suprema y por el Inquisidor General.